México es una “gran fosa clandestina”. Esto fue lo que dijo ayer el subsecretario de Gobernación, Alejandro Encinas, y todo indica que tiene toda la razón. Lo declaró en la instalación de la estrategia nacional contra la desaparición y la búsqueda de personas ausentes.

Ésta es una de las grandes y dolorosas asignaturas pendientes que tenemos. La desaparición de personas es una de las manifestaciones más abyectas que ha provocado la violencia que se ha vivido en el país en los últimos años.

Las fosas clandestinas acaban por evidenciar el sentido que en muchas partes del país se le está dando a la vida. Da igual dónde se deja un cadáver o dónde se le entierra.

No existe el mínimo respeto para nadie. Se pueden dejar los restos de una persona en una bolsa en plena calle, a la vista de todos; se puede enterrar en cualquier predio a quien es considerado “enemigo”, junto con otras personas que quizá ni conoce; o también puede aparecer “alguien” colgado de un puente para mandar mensajes de venganza y de lo que le puede pasar a aquellos que se atrevan a meterse con quien se asume como el más fuerte.

Nos la hemos pasado viendo estas historias en nuestras vidas, no hay quien no las vea o no las conozca; no hay forma de evitarlas. Para muchos menores de edad, todo esto ya forma parte de su cotidianeidad y en algún sentido, se ha entrado en los terrenos del riesgoso concepto de ver lo que pasa como si fuera “normal”.

Las cosas han ido adquiriendo una dinámica en la que a menudo se encuentran situaciones límite a la vuelta de donde vivimos. El Colectivo Solecito, de Veracruz, es prueba de ello. Durante una manifestación en la que exigían la presentación de sus familiares y amigos desparecidos, una persona se acercó a una de las dirigentes para entregarle un papel, lo presentó y se perdió entre la gente que iba en la marcha.

En el papel estaba escrito el lugar donde se encontraba una fosa. De inmediato fueron con las autoridades, las cuales en un primer momento dudaron de la información.

Después de muchas presiones, las autoridades aceptaron y se dirigieron al lugar. Días después encontraron la fosa llena de cadáveres. Lo que más llamó la atención es que dicha fosa estaba ubicada a sólo 10 minutos del centro del puerto de Veracruz.

Éste es uno de los muchos casos que se han ido conociendo, ya sea por denuncias o por la firmeza y valor con el que muchos ciudadanos se abocan a buscar a los suyos. Se sabe de situaciones similares a la de Veracruz en Edomex, Oaxaca, Guerrero, Tamaulipas, Chihuahua, Durango, Morelos, por mencionar los casos que más han indignado y han llamado la atención, no sólo al interior del país.

Las cifras oficiales son aterradoras. Se asegura que hay 40 mil personas desaparecidas, mil 100 fosas clandestinas en diferentes lugares del país y 26 mil cadáveres sin identificar. Si bien estos números son oficiales, es muy probable que las cifras sean mayores. Algunos investigadores reportan que la cifra de personas desaparecidas puede llegar a cerca de 70 mil.

La tarea que tiene el Gobierno es, a fin de cuentas, de todos. La cantidad de personas que se han visto afectadas, directa o indirectamente, por las desapariciones, muertes violentas y la violencia generalizada llega a millones.

Un muy importante paso se dio ayer, con la instalación de la estrategia contra la desaparición y la búsqueda de personas ausentes. Se le va a proporcionar un buen presupuesto y este viernes será nombrado el encargado de la Comisión Nacional de Búsqueda, con el objetivo de que esta instancia funcione y no sea una “simulación” a decir de Encinas.

Se están dando pasos firmes, quisiéramos pensar que serios y con convicción, para enfrentar lo aterrador.

RESQUICIOS.

A Nicolás Maduro se le está acabando el tiempo. Cada vez tiene menos capacidad de maniobra y nunca como ahora, la oposición se había logrado unir contra él, a lo que se suma el gran apoyo internacional encabezado por el impresentable Trump.