La relación entre México y EU no solo se fortalece por sus gobiernos, la cual suele pasar por devaneos y caprichos presidenciales. Los nexos son fuertes gracias a que los pueblos están inexorablemente unidos por su historia y geografía.

Existe una institucionalidad en la relación que le da vida y reciprocidad. Los gobiernos la instrumentan y le dan orden y cauce a la organización bilateral.

En la cotidianidad son los hombres y mujeres los que la establecen y desarrollan. Es cuestión de ver cómo es la vida en las fronteras para confirmarlo. Si bien el flujo más visible es comercial y migratorio lo que prevalece en la cotidianidad, es la relación entre personas, dicho de manera más precisa entre vecinos los cuales se llegan incluso a reunir en fines de semana desarrollando amistades que van más allá de lo que dictan o quieren determinar en la Casa Blanca o Palacio Nacional.

Estas referencias vienen a cuento porque existe una inquietud cada vez más acentuada respecto al largo proceso que se está llevando el Presidente de México para reconocer al nuevo mandatario de EU, lo cual como sea podría provocar momentos difíciles en la relación bilateral, si no es que ya empiezan a aparecer como un fantasma.

Partamos, reiteramos, de que la relación fluye en lo general de manera constructiva. Los problemas centrales para nosotros tienen que ver con el trato a los mexicanos en EU, el tema de las drogas, las armas y el muy arraigado sentido de discriminación racial como forma de vida que existe en algunos estados del vecino país, entre muchos otros.

Los gobiernos pueden estar enfrentados, pero la relación con todas las complejidades y virtudes que tiene fluye más allá de discrepancias y coincidencias.

López Obrador sabe bien que no ir a la “cargada”, como entre de manera soberbia y confusa refiere, en favor de Joe Biden no le va a traer muchas consecuencias, pero también debe entender que cada vez le gusta menos a los demócratas y al círculo íntimo del próximo presidente la forma en que hace ver las cosas. Se ve confusa la estrategia independientemente de que se reconozca o no quién fue el claro ganador.

La inevitable especulación coloca a Trump en el centro. No sólo por la visita de López Obrador a Washington en la que no tuvo guiño alguno con los demócratas. Se está sumando su silencio ante los resultados de las elecciones en donde de nuevo, a querer o no, se ubica a Trump como un fantasma a quien no le está quedando de otra que reconocer su derrota.

A estas alturas no queda claro el porqué de una estrategia diplomática desfasada, en función de la reacción que ha tenido casi la totalidad de los gobiernos del mundo, lo que ya incluye a China.

No fue la mejor de las explicaciones haber planteado el recordar del proceso vivido en nuestro país en el 2006. En círculos demócratas no fue grato porque en algún sentido se llegó a interpretar como una especie de paralelismo en el desarrollo de las elecciones, lo cual en forma y fondo es diferente de lo que se vivió en aquel año en México sin dejar de reconocer la justificada mirada crítica del tabasqueño.

Tarde que temprano vendrá el reconocimiento. López Obrador encontrará alguna explicación y el canciller tendrá que ir a Washington a la operación remedio y trapito. El nuevo gobierno, presumimos, tratará de atenuar lo sucedido y pasar la página; la decisión será sensata.

Como fuere, por más que el Presidente insista en conceptos de nación independiente y soberana no alcanzamos a apreciar qué tiene que ver esto con las evidencias del resultado del proceso electoral.

Ya falta poco para que el canciller “mil usos” aplique la operación remedio y trapito.

RESQUICIOS

Las diferencias entre el Presidente y la titular de Bucareli sobre el origen de los feminicidios puede producir serios problemas en la forma en que se está atendiendo nuestra otra pandemia; es necesario escuchar a Olga Sánchez Cordero.