Las detenciones de Genaro García Luna y Salvador Cienfuegos llevan inevitablemente a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto. Debiera ser cuestión de tiempo para que en las declaraciones o investigaciones aparezcan los expresidentes.

En el caso de García Luna se han abierto investigaciones aquí y allá, que acorde a las funciones del detenido en Nueva York, se presume tendrían que alcanzar a altas esferas de los sexenios panistas.

Si bien podría suceder que se guardara parte de lo que sabe e hizo, no se puede perder de vista que está contra la pared. Los escenarios apuntan a que podría pasar el resto de su vida en la cárcel, algo tendrá que hacer.

Lo que hace diferente el caso Salvador Cienfuegos es el cargo que ocupó, las responsabilidades que se le imputan y que era muy cercano a Peña Nieto y con capacidad de decisión.

Los casos se cruzan. Los une la corrupción y el presumiblemente haber utilizado estructuras de gobierno para hechos delictivos, los cuales se basan en un modus operandi intrínsecamente ligado a la operación y funcionamiento del sistema político.

El Presidente se ha encontrado con casos emblemáticos y mediáticos de manera inesperada, los cuales, por lo que él mismo ha dicho, no estaban siendo investigados del todo por más que estuvieran en su radar y formaran parte de su sistemático discurso contra el pasado.

Si López Obrador quería exponer a los expresidentes ante la opinión pública por lo que estamos viendo y por lo que se ve venir, bien se puede evitar hacer una consulta, la cual tendrá seguramente resultados previsibles.

El caso Salvador Cienfuegos concita muchas preguntas. En función del cargo que ocupó, a lo que hay que sumar las redes que seguramente mantiene, resulta extraño que no tuviera conocimiento de que estaba siendo investigado en EU adonde llegó con toda su familia. Llama la atención que se haya involucrado con un narcotraficante que no era de altos vuelos y que haya permitido que en su entorno se movieran las estructuras para beneficiarlo.

A estas alturas la hipótesis de que Cienfuegos sabía lo que le podía pasar llegando a Los Ángeles es para tomarse en cuenta. Con toda la información que tiene no tiene lógica que se haya ido materialmente a entregar a sabiendas de lo que eventualmente podía pasarle.

El silencio de Peña Nieto no puede durar mucho tiempo. Cada vez hay más asuntos sobre su gestión que está obligado a explicar, porque es claro que los entornos lo están cercando. La detención de Cienfuegos merecería al menos la solidaridad hacia un hombre que si algo hizo durante 6 años fue serle solidario en temas que hoy siguen siendo cuestionados.

Es difícil imaginar que las investigaciones no lleguen a los expresidentes. El presunto “trabajo” que tanto García Luna como Cienfuegos desarrollaron tuvo que haber pasado, de alguna otra forma, por las instancias superiores.

Con la detención del general se abrió un boquete en la Sedena. Da la impresión de que el Presidente se fue dando cuenta de ello al paso de los días. De tener una actitud distante ha pasado a exigir un proceso justo para Cienfuegos, al tiempo que se ha autonombrado vocero del caso como si no debieran ser las instancias judiciales las responsables de ello.

Lo que se confirma es que la DEA una vez más se metió hasta la cocina. No informa porque no confía e independientemente de lo que esto significa, internamente no hay manera de pedirles que nos informen, porque hacerlo significa que se filtre información entre quienes están siendo investigados; al interior todo se ve carcomido.

Motivos sobran para que los expresidentes estén en la mira.

RESQUICIOS.

No es necedad ni mantener privilegios. Los fideicomisos en un gran número de casos han sido estratégicos para el desarrollo de la ciencia, la investigación, el arte, la cultura, el cine, el deporte y la defensa de los derechos humanos. De nada van a servir los machetazos del Congreso a “petición” de ysq.