Pareciera que la tarde de perros en Culiacán se convirtió en uno de los momentos que los detractores de López Obrador estaban esperando.

Independientemente de los errores, la apuesta en contra del Gobierno no tiene sentido, es oportunismo y una primitiva mirada de país. La razón única y suficiente está en que lo que sucedió nos afecta a todos.

La inseguridad y la violencia no se pueden convertir en elementos para arremeter contra el Gobierno en medio de las muy dañinas filias y fobias.

Es un absurdo que la vencida oposición, no sólo la partidista, coloque el tema para enfrentar más que para entender las complejidades que se viven con la delincuencia organizada.

Al mismo tiempo, tampoco tiene sentido que el Gobierno se mueva entre matices para en algún sentido hacer ver las cosas como si fuera un triunfo. La sensatez y el respeto a las vidas humanas es un asunto que se debió contemplar antes de que se metieran en un inexpugnable laberinto.

Reconocer que se tomó al final una medida sensata y prudente no quiere decir que en su conjunto se haya actuado acorde a las circunstancias. El lenguaje utilizado estos días por el Presidente no ayuda, porque en él no se alcanza a apreciar la necesaria autocrítica, indispensable bajo lo sucedido.

Quizás tenga razón López Obrador cuando insiste “en que nuestros adversarios nos quisieran ver fracasar”. Sin embargo, éste es uno de los asuntos nacionales que va más allá de señalar al neoliberalismo y al pasado, sin dejar de reconocer la herencia maldita.

No se pueden pasar por alto las consecuencias de la tarde de perros. Por un lado, la sociedad culichi va entendiendo lo que pasó y sobre todo el porqué de la decisión que permitió que Ovidio Guzmán López fuera liberado, que por lo que se ve nunca estuvo en sentido estricto detenido.

Este entendimiento ciudadano no implica que vaya aparejado con su tranquilidad. A decir de expertos, una de las maneras en que pueda salir el Gobierno del gran problema en que se metió sería deteniendo al hijo de El Chapo. La tarea es de enorme complejidad a la par que los ciudadanos, en un buen número de casos, prefieren que durante un tiempo el tema no se toque y menos se intente hacer algo.

En Culiacán la gente no come lumbre. Ha “vivido” con el narcotráfico durante mucho tiempo, entiende que en la cotidianidad no hay que meterse con ellos y que ellos toman distancia con la ciudadanía, al tiempo que es público también que a menudo ayudan a la gente.

Es fundamental devolverle a Culiacán su singular tranquilidad. La pesadilla de la tarde de perros rompió los precarios equilibrios, al tiempo que evidenció la correlación de fuerzas. Dicho de otra manera, una cosa es que se hable de la fuerza y poder de los narcotraficantes y otra muy distinta es tener pruebas fehacientes de ello.

Otra variable de relevancia es que quienes salieron a las calles armados eran jóvenes. Es la ratificación de cómo la delincuencia organizada se ha convertido en opción para ellos. Es muy probable que sean parte de la sociedad culichi, y es probable también que se conviva con ellos y que incluso sean los vecinos.

Habrá que preguntarse si estamos hablando de la descomposición social, o de una nueva y muy preocupante composición social.

Finalmente, el Gobierno tiene que preguntarse cómo vio el mundo la tarde de perros. El hecho fue interpretado como una derrota del Gobierno y como un acto improvisado. Las felicitaciones de Trump deben ser vistas con cautela, no necesariamente son para presumir.

El Gobierno tiene que hacer acuse de recibo y hacer un balance autocrítico y reconocer que no es tan cierto que “nos hayan hecho lo que el viento a Juárez”.

RESQUICIOS.

Desde hace tiempo los clubes de futbol debieron replantearse su relación con ese Frankenstein llamado “barras”, parece que no se hizo por aquello del “mal necesario”. ¿Qué sentido de identidad pueden tener los integrantes de algunas “barras” cuando se ven cosas como el domingo en SLP?