Recuerdo que en enero de 2018 en una columna que titulé: “2018: El Inicio del Futuro” puse en la mesa entre otras cosas que, ¿Quiénes creían a estas alturas en personajes de la política nacional como Manlio Fabio Beltrones, o en la moralidad de Diego Fernández de Cevallos? Haciendo énfasis en que debía haber un cambio generacional, que esa generación de políticos tendría que ir pensando ya en dedicarse a otra cosa, que nos había decepcionado y, literal, defraudado.

Pero, ojo, nótese que en ese texto que escribí hace casi 3 años, al hacer alusión a “cambio generacional” no me referí al cambio de edad de quienes participan en política, sino al de mentalidad. Va de nuevo: ese cambio generacional al que me referí y me refiero hoy, no es una cuestión de años, es de principios. No es de jóvenes o adultos pues, de hecho hay jóvenes vigentes que vienen cargados y recargados de los vicios de sus padrinos; se trata de la forma de concebir la política: de mentalidad.

Y es que previo al cambio democrático que se dio en 2018 en nuestro país, un puñado de políticos oportunistas que hicieron del capitalismo un materialismo voraz, fueron castigados en las urnas y por lo tanto desterrados de la vida pública nacional pues el pueblo mayoritariamente optó por un cambio de régimen.

Sin embargo, con mucho menos poder político y económico existen también hasta en lo municipal personajes y poderes fácticos que se rehusan a entender que sobre sus nombres y sobre sus carreras pesa un enorme hartazgo social del tamaño del que se respiraba en 2018 cuando reinaba la corrupción prieñanietista y la estela calderonista. ¿Por qué? Es simple: consideran que la ciudad les pertenece y nunca ha sido así, aunque la ilusión elitista de asumirlo se apoderó de ellos hace años.

Dicho de otra manera: en Victoria, increíblemente junto con el arranque del año electoral 2020-2021 se empiezan a ver caras y a escuchar voces de personas que lo mismo han pasado por una diputación federal; que por la alcaldía de Victoria; que por las presidencias de sus respectivos partidos; pasando alguno incluso más de una vez por la candidatura a la gubernatura y a pesar de tener décadas como actores políticos vigentes en la ciudad, si Victoria hablara por sí misma seguro estoy que hacía ellos, recaerían -por mucho- más los reproches, reclamos y mentadas de madre, que los agradecimientos.

Asumo que el mero hecho de pensar en un cambio generacional y mental para la capital -que no esté bajo su control- les preocupa, y hasta les enfada, sin darse cuenta que a quienes les preocupa y enfada es a los victorenses seguir viéndolos en la escena, cuando ya alguna vez genuina pero más ingenuamente, otra generación confió en ellos: ya estuvieron, ya fueron, ya (alguno) se vendió más de una vez -y lo sigue haciendo-.

Está probado pues, y fehacientemente, que esa generación de políticos victorenses ha puesto en todo momento sus intereses personales por encima de los del pueblo capitalino. Y el colmo no es que sigan sacando la cabeza (eso solo es cinismo), lo es que apelan a la desmemoria social en pleno 2020, vaya suicidio político, porque no hacen más que confirmar lo que siempre han hecho, subestimar a la gente.

Han acumulado eso sí, con los años, medios y vías a través de los cuales harán patente su resistencia al cambio generacional: inventarán cosas, intentarán desprestigiar con injurias, atribuyendo suciedad a lo que está limpio, sin advertir que la gente lo percibe. Porque la verdad termina imponiéndose, y ya los empieza a alcanzar.

Como señalé al inicio, el león cree que todos son de su condición, gran refrán, pero a su servidor le agrada más aquella que reza: El tiempo pone las cosas en su lugar.

En Victoria el combate a la corrupción, va; y la austeridad, va también.

El cambio generacional, de mentalidad, va, sin duda. La transformación, pues, va en Victoria. Es tan necesaria como inevitable...