El Gobierno deberá entender que no basta sólo con su palabra para responder a las críticas u observaciones que le hacen.

Si bien el Presidente no deja pasar una, esto no significa que al hacerlo termine por tener la razón.

Que sus seguidores y cercanos se sumen a lo que expresa, no es condición de que tenga la razón. Las muchas maneras que existen de ver las cosas obligan a tener, particularmente desde el ejercicio del poder, una mirada plural y, sobre todo, receptiva.

Hablar del respeto a la libertad de expresión y a los críticos de un gobierno, sea éste cual fuere, sólo vale si en el terreno de los hechos, o si quiere, en la práctica, se lleva a cabo. Es un reto para cualquiera y ya lo está siendo para López Obrador.

Se han venido incrementando las críticas contra el Gobierno y da la impresión de que no se están sabiendo leer ni interpretar. El Gobierno está por encima, junto con los otros dos poderes constitucionales, lo que le coloca en una posición de privilegio y responsabilidad.

Las respuestas a diversas críticas y observaciones, tanto internas como externas, han tenido dosis de intransigencia y de no atender a detalle y receptivamente lo que se plantea.

La palabra y autoridad moral del Presidente no está, por ningún motivo, en entredicho. Lo que empieza a ser eje de comentarios y reflexiones, son que las respuestas se basan más en la palabra del Presidente que en elementos que definan las cosas.

Nos referimos a presentar datos y cifras probados y fundamentados que pudieran darle peso y fuerza a lo que dice, más allá del valor de su palabra en sus respuestas inmediatas en las mañaneras. La importancia de hacerlo de seguro repercutiría de manera positiva en la opinión pública.

Hacerlo nos daría más y mejores elementos para entender y participar de lo que hace el Gobierno; además de que le otorgaría una imagen de profesionalismo y seriedad, que le va a redituar en certeza y confianza no sólo entre sus furibundos seguidores.

La parte que más expone al Presidente en sus reuniones mañaneras es que se ve obligado a responder todo lo que plantean, sepa o no del tema. Son ya varias las ocasiones en que deja muchas dudas en sus respuestas. En medio de esto, el peor enemigo de los millones de seguidores está siendo la ausencia de crítica.

Estando ante un parteaguas en la historia, no podemos dejar pasar algunas cosas bajo la presunción de que la palabra del Presidente resuelve todo.

La terca realidad no se enfrenta sólo con buena voluntad o con palabras. Se requiere de algo más; se requiere de información, de datos y documentos que le permitan tomar las mejores decisiones. La clave para una buena gobernabilidad está en la buena información, la cual en algunos casos ya se tiene, en otros habrá que crearla y en cualquiera circunstancia, hay que alentarla e invertirle.

La respuesta que dio López Obrador al reporte de la calificadora Fitch sobre Pemex muestra la confusión en la que se puede caer. No dudamos que traten hoy, en la mañanera, de entrar en la operación cicatriz y seguramente la libren, como ha pasado en otras ocasiones. Lo cierto es que el Presidente dio muestra de que no tenía información básica de lo que es una calificadora y para qué sirve.

Aristóteles Núñez planteó ayer, en Twitter: “las empresas calificadoras no tienen dentro de sus tareas o actividades detener el saqueo de un gobierno… miden la fortaleza y certidumbre financiera de un país o una entidad que emite bonos de deuda… su función es calificar riesgos”.

Empieza a ser demasiada la exposición.

RESQUICIOS.

Hace varios años conversamos con Mario Aburto, asesino de Luis Donaldo Colosio. Nos dijo que no tenía nada qué ver con lo que pasó, que estaba a unos cinco metros del candidato y que lo torturaron para que se declarara culpable. Hablamos con él por teléfono, desde la cárcel. Era la única forma de hacerlo; fueron 10 minutos, estando presentes su padre y su prima; se vio en MVS.