Felipe Calderón colocó al Ejército en un riesgoso escenario del cual está siendo cada más difícil que salga. En el 2006 sacó a los soldados a la calle, en medio de una situación reconocida como grave en Michoacán y Tamaulipas, sin pensarse en las consecuencias de largo plazo de ello.

La decisión iba a traer inevitables consecuencias y le iba a cambiar esquemas a la vida interna de la milicia; no pasó mucho tiempo para ver expuestos a los soldados.

El Ejército ha sido bien recibido en los lugares a los que ha sido enviado. Su presencia ha aminorado la intimidación, la inseguridad y la violencia en contra de los ciudadanos por parte de la delincuencia organizada.

Qué estaría pasando en muchos estados si los soldados no estuvieran presentes. Sin que sea su chamba, las fuerzas armadas han venido a resolver problemas que, insistimos, en sentido estricto no son de su competencia directa.

La discusión sobre si los integrantes de la milicia deben ser interrogados por organismos internacionales, como la CIDH y el grupo de expertos, es prueba de ello.

El titular de la Sedena argumenta que los soldados que han sido señalados como presuntos responsables de acribillar a integrantes de la delincuencia organizada, en el caso Tlatlaya, y de haber tenido algún tipo de participación en el caso Ayotzinapa, no tienen por qué ser interrogados por organismos internacionales debido a que ya lo hicieron ante las autoridades de justicia del país.

El asunto está para revisarse porque México, al ser parte activa de la comunidad internacional, tiene derechos y obligaciones. La Sedena ha mostrado una apertura inédita en medio de una convicción y de la necesidad de responder ante los hechos en que se ha visto involucrada.

Pero mientras el Ejército esté en las calles y en la batalla contra la delincuencia, independientemente de que los ciudadanos lo agradezcan y les den seguridad, estará en el centro de un escenario singular, porque a estas alturas no hay manera de regresarlo a los cuarteles, la situación en muchas ciudades sigue al límite.

El dilema crece en riesgo. Hay quienes quieren ver un Ejército débil siendo que es una pieza toral del Estado mexicano. Al estar en medio de una importante lucha, con tintes de interminable, contra el narco, está a la vista y expuesto; tenemos que poner el tema en la agenda nacional.

[-] RESQUICIOS. Así nos lo dijeron ayer:

El Inai no es un instituto monolítico. Las opiniones son diversas, las diferencias no son signo de debilidad: Joel Salas, comisionado Inai.

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