Desde donde se vea, el país va siendo diferente de lo que era hace pocos años. El tiempo establecerá el rumbo, pero hoy, como nunca antes, las cosas han ido cambiando.

López Obrador le ha dado un nuevo rumbo al país, guste o no. Lo que sigue estando entre nosotros de manera inquietante es el clima crispado que tanto daño provoca en nuestras relaciones cotidianas, y en el cual López Obrador a veces pone su cuota.

Si bien existe, como le decíamos hace algunos días, un 15 o 20% que no está con el Presidente, la opinión pública ha sido cada vez más crítica con el mandatario, sus acciones y su gobierno. Harían bien en no considerarla parte de la gobernabilidad.

El Presidente ha tratado de no perder un solo segundo desde que ganó las elecciones. De inmediato buscó una reunión con el alicaído y bocabajeado Presidente Peña Nieto, que por lo que se ha visto a todo dijo que sí desde que supo que había perdido la Presidencia, o vaya usted a saber si esto no venía desde antes cuando ya todo era inevitable.

Pareciera que pudo haber un acuerdo en algo que sería, o es, pacto de no agresión. Varios de los exfuncionarios del expresidente han sido señalados y acusados de omisión, como es el caso del doctor Narro. Al exrector de la UNAM le aventaron la caballería el mismo día en que informó que aspiraba a dirigir el PRI, casualidad o no, así fue; hasta ahora Peña Nieto camina en las nubes.

López Obrador es el factótum. Las conferencias mañaneras lo colocan a diario en el centro, es una estrategia que le ha dado, en lo general, resultado. De nuevo, sólo el paso del tiempo dará el justo medio de mantenerse como están o que tenga variantes, como se prevé va a terminar pasando.

Hay muchos inéditos con López Obrador. Se mantiene con altos niveles de popularidad, de hecho tienden a crecer. Las mañaneras se ven, como lo demuestran los números de Canal Once. La transmisión está por lo general entre los cinco programas más vistos del Once, junto con el de Cristina Pacheco, los noticiarios, Once niños y los de cocina.

Lo que se ha visto en estos meses es que el Presidente no deja pasar una sola. Tenga la razón o no, tiene un uso del lenguaje desde el poder que lo coloca como si siempre la tuviera. Incluso cuando en algunos temas ha tenido que recular coloca las cosas en terrenos en donde él no pierde. Se hace ver plural, que sabe escuchar, no sin antes lanzar una que otra zarandeada.

Hemos ido conociendo como ciudadanos el estilo personal de gobernar del Presidente. Vamos sabiendo qué le gusta y qué no, y sobre todo cuáles son sus reacciones ante ciertos asuntos que no le parecen o que de plano le incomodan.

A menudo sigue pareciendo que está en campaña. Responde a las críticas en su contra o su gobierno, más bajo esta condición que como Presidente de México. Seguido apela a que no por ser el Ejecutivo no va a responder, es mi “derecho de réplica”.

En ocasiones estas reacciones lo meten en un callejón del cual sale entre sarcasmos, ironías, pero sobre todo porque encarna la manifestación del poder legítimo. Es también un poder abrumadoramente popular y, si alguien lo tiene claro todas las mañanas, es el propio Presidente; sabe muy bien qué sí y qué no.

López Obrador está a diario en la mira y es algo que pareciera le gusta. Está muy acostumbrado a estar bajo los reflectores, para bien y para mal.

Su informe del domingo sobre los primeros 100 días es más bien protocolar. Debe servirle para ordenar y decirnos cómo va y cómo vamos.

Es el factótum. De lunes a viernes lo vemos al menos una hora y media en red nacional, a lo que se suman sus intensas giras de fin de semana.

Todo indica que así seguirán las cosas, así es como batea y lanza López Obrador.

RESQUICIOS.

En innumerables ocasiones las autoridades han dicho que ya tienen localizados y a punto de detener a delincuentes de alta peligrosidad, pero a la mera hora no pasaba nada. Detengan a El Marro y preséntenlo, no se anden comiendo la torta antes del recreo, como ya ha pasado.