A pesar de los muchos problemas que va encontrando en el inicio de su mandato, López Obrador sigue estando en el mejor de los mundos.

La sociedad le entrega un gran apoyo; la titular de Gobernación mencionaba hace algunos días que 80 por ciento de la población lo apoyó en su lucha contra los huachicoleros. Liébano Sáenz consignó, la semana pasada, que la aceptación que tiene el Presidente podría esta cerca de 90 por ciento.

Este apoyo le ha permitido a López Obrador moverse como quiera. Por más que algunas de las medidas que ha tomado pasen por la crítica y por observaciones, sabe que al tener un gran respaldo social, todo lo que haga y diga va, virtualmente, por la libre.

Bajo esta dinámica nos la podríamos pasar un buen tiempo. La sociedad mexicana se encuentra en el punto de querer creer todo lo que le plantea su Presidente, al tiempo que busca olvidar y fustigar los últimos 18 años, al menos, de lo que ha vivido y padecido.

Es paradójico el hecho de que si hubiera ganado alguno de los procesos anteriores en los que participó, en uno, recordemos, hubo mano negra descarada, no tendría el escenario que hoy se le ha presentado y que se ha ganado.

Sin embargo, también corre en su contra el hecho de que hoy somos un país diferente al que hubiera encontrado hace 18 años; incluso el que éramos hace seis. Ha llegado a gobernar un país que está profundamente desgastado; en algunas áreas con un auténtico “cochinero”, dividido y confrontado.

Esto es lo que tiene enfrente y esto es lo que ha utilizado, una y otra vez, como parte de su discurso político como elemento, entre otros, de reafirmación y definición de su gobierno. Confrontar el pasado le sirvió en la campaña y ahora también le es útil para la gobernabilidad.

López Obrador está en la etapa de sus primeros 100 días, o en sus primeros seis meses, como dijo el fin de semana. Es un tiempo que le debe permitir conocer a fondo muchas cosas que, como candidato, no se alcanzan a conocer. Es lo que hemos llamado el “tiempo de gracia”.

¿Cuánto va a durar? No hay manera de saberlo, porque estamos viendo que cualquier pronóstico que se haga sobre la posibilidad de que López Obrador vaya a la baja no se vislumbra ni en el mediano ni en el corto plazos.

El apoyo al Presidente ya va más allá del que le dan sus furibundos seguidores. Ya entró en un terreno en el que ha logrado meterse en el radar y vida de mucha gente.

Un buen ejemplo fue lo que pasó ayer en Guasave. La gente estuvo cercana y eufórica durante la visita presidencial a la ciudad, la cual se vio aderezada con el anuncio del regreso del muy popular equipo de beisbol de la entidad, los Algodoneros, a la Liga del Pacífico. El colofón del efusivo día fue algo que podríamos llamar el “club de elogios mutuos” entre el Presidente y el gobernador de Sinaloa.

Así es como le ha ido al Ejecutivo en sus giras por el país. Hay una sensación de algo diferente y de cambio, y de no ser por la controversia en torno al abasto de gasolina con el gobernador de Jalisco y el mal momento, que quizá no fue casual, que le hicieron pasar al de Guerrero ante él, todo ha estado rodeado de euforia y de audiencias entregadas.

¿Cuánto tiempo más le dará el pasado de “cochinero” para sus discursos y referencias? Es probable que nunca deje de hacerlo. Lo hace como parte de su estrategia y está en su naturaleza.

Sin embargo, tarde que temprano ese pasado va a pasar a segundo plano en el imaginario colectivo; la gente querrá ver que, efectivamente, su vida va cambiando porque está en medio no sólo una gran expectativa, sino, sobre todo, de esperanza.

El pasado puede empezar a tener fecha de caducidad.

RESQUICIOS.

Al Presidente se le aplica en el deporte aquello de que “lo mío, lo mío, lo mío, es el beisbol”. No todo pasa por ahí, pero podría estar buscando con esto dos cosas: impulsar un juego en verdad atractivo de alcance nacional y, de paso, bajarle un poco al futbol, con todo y que su hijo, se dice, es americanista entregado.