A diario el Presidente muestra que efectivamente su pecho no es bodega. No hay día en que no exprese lo que siente y ve sin tener reparo alguno en hacerlo, sin mediar ni la prudencia ni el cuidado y a veces el respeto.

Sin comparar, Vicente Fox durante un buen tiempo actuó de manera similar. Se decía que era más rápida su lengua que su pensamiento lo que lo llevó por los delicados terrenos del escarnio popular.

Salvando las distancias, con López Obrador a veces pasa lo mismo. Lo que muchas veces le ayuda es que su hablar es pausado lo que igual le permite pensar o afinar la puntería.

El Presidente no se guarda nada, dice lo que piensa sin darse una pausa. Muchas de sus afirmaciones por más estruendosas que sean no acaban en los terrenos de la terca realidad.

Difícilmente esta forma de ser y actuar va a cambiar, porque es parte intrínseca del mandatario. No hay manera de que cambie y estamos ciertos de que el tabasqueño no se plantea hacerlo. Es su forma de ser y no parece que ni en su entorno ni en él mismo se haga una especie de acuse de recibo de las críticas que con bases se le señalan.

Muchas de las afirmaciones del Presidente pasan por terrenos de abiertas diferencias de pensamiento y estrategia de sectores que son sistemáticamente críticos con él. Lo que llama la atención es que no haga altos en el camino que pudieran fortalecerlo en la gobernabilidad.

A menudo pareciera que le gana el enojo y un inquietante espíritu de venganza en donde coloca a todos por igual. Pasa por alto muchas batallas que periodistas, académicos, intelectuales y ciudadanos comprometidos dieron por él.

Mucha gente que militó en su causa y en la causa de la libertad de expresión auténticamente se la jugó por el tabasqueño; y también por un bien mayor que tiene que ver con el tan necesario cambio en el país. López Obrador se convirtió en la pieza que la sociedad con urgencia requería y se confió en él para que fuera el eje del proceso.

Uno de los elementos que llamaban la atención era precisamente que decía lo que pensaba sin cortapisa. Sin embargo, se presuponía que como mandatario más que aguantarse tendría que pasar por un proceso de mayor reflexión en sus afirmaciones, no se trata de que se quede callado sino que tuviera claridad de que una cosa es ser dirigente de partido y candidato opositor y otra ser presidente.

La voz del Ejecutivo invariablemente tiene efectos colaterales. Se le interpreta de manera muy singular y además muchos de sus furibundos seguidores asumen su pensamiento como si fuera el propio.

Es importante que el Presidente no se quede callado, pero también es necesario que tenga tamices que permitan procesos de integración más que de polarización. Arremeter contra todo y todos no tiene sentido, porque existe una historia y un gran trabajo que ha permitido el desarrollo político, social y económico del país.

El tiempo de vida no empezó con la llegada de López Obrador. Ya veremos cuál es su legado, pero lo que es un hecho, es que en cuatro años va a entrar al síndrome de “con la vara que midas serás medido”, empezando en una de ésas por sus propios correligionarios, a quienes por arte de magia les podría empezar a dar por la crítica a quien hoy a todo le dicen que sí.

En medio de todo esto no pareciera tener sentido la crítica a la FIL. No es que la feria sea la panacea, lo que no se puede pasar por alto es lo que significa para los libros, la cultura y el libre debate de ideas bajo el cual se ha establecido.

Por ningún motivo el Presidente debiera colocar la bodega en su pecho. Lo que sí tendría que hacer es ampliar su mirada sobre las cosas le gusten o no, y entender y ser consciente que no todo el pasado nos condena.

RESQUICIOS

Esta semana por fin se pudiera aprobar la legislación sobre el consumo de la mariguana, medicinal y lúdica. Tiene sentido el largo debate, pero no tiene sentido vivir atrapado en él. Llegó el momento de la aprobación confiando en la madurez ciudadana.