La violencia no cesa en Tamaulipas, al contrario va “in-crecendo” sin visos de que se ponga orden, de que aminore o de que desaparezca, el estado parece el México de Calderón, en el que la percepción era más un interés por controlar los negocios ilegales, que el de destruir las bases de la violencia.

Nada que no se pueda interpretar desde las mismas entrañas de gobierno, hoy están al frente de la seguridad estatal, aquellos que sembraron terror y pánico en Michoacán, pero parece que nadie quiere verlo.

No hay voluntad política para enmendar los errores, al contrario, se usa la fuerza pública para incriminar inocentes, para inventar cargos y ya son muchas las coincidencias. Alguien les dijo que a puñaladas se evita la atracción de los casos y por ahí se han ido.

Yo no acuso a nadie, solo señalo los hechos recientes y no tan recientes, que han sembrado terror en todos los habitantes, que le han robado la calma a los tamaulipecos y que no han permitido que surjan voces emergentes que calmen esa inquietud y que ofrezcan alternativas.

Un pueblo sumido en el miedo, no puede pensar en un mejor futuro, un pueblo manipulado mediáticamente tampoco puede visualizar la luz al final del túnel, un pueblo sin expectativas de mejoría, no tiene el valor suficiente para salir a la calle a protestar.

Los gobiernos en su corta visión de futuro, no alcanzan a comprender que en sus estrategias llevan cargando la pala que sepultará todas sus aspiraciones.

Allá ellos con su conciencia, que cargará con todas las víctimas colaterales y con todos los presos inocentes que purgan condenas injustificadamente, no hay mal que dure 100 años dicen, en Tamaulipas solo duran 6 años.

Carlos Loret de Mola se ha puesto de moda, se puso solo, en esto de la libertad de expresión no hay nadie que nos empuje, nos empujamos solos, con conciencia propia aunque es bien cierto que nuestro entorno influye y mucho en lo que plasmamos en letra escrita, de viva voz en los medios o en el análisis privado, que se hace en el café o en las charlas de amigos.

Sí existe en nuestro país la libertad de expresión, podemos tomar un megáfono y colocarnos en la plaza principal a gritar nuestra visión de las cosas, también podemos tomar un micrófono o una cámara de televisión para expresar nuestro sentir, o la forma más sencilla escribir para los periódicos diarios.

Pero esa libertad de que gozamos, tiene un límite, la radio, la televisora y el periódico tienen un dueño y este puede hacer lo que quiera con su medio de información, pero jamás se hará el harakiri.

Si bien es cierto que ahora en la era del Internet las posibilidades de difusión se han incrementado, no debemos de olvidar que todo implica un riesgo y a veces ese riesgo se tiene que correr solo, pues no hay necesidad de acompañar a nadie la debacle ajena.

El rating, la circulación y la influencia tienen un precio, esto ya no le sorprende a nadie. Así doblaron a los medios en Nuevo León, ¿o acaso ya se nos olvidó? Así están las cosas en Tamaulipas, ¿o no queremos verlo?

La libertad no está condicionada al medio, es el medio quien condiciona la libertad que ejercemos, esto es fácil de entender, no hacerlo así, equivaldría al libertinaje. Y los medios no tienen por qué cargar con penas ajenas, mucho hacen para mantenerse vigentes como para que ahora se pretenda que se conviertan en Monjas de la Caridad.

Así que Carlos Loret de Mola puede sentirse afortunado, tras 18 años de trabajo solo fue usado como moneda de cambio, algo a lo que muchos nos estamos acostumbrando, pues en estos casos no es el poderoso el que pide la cabeza, sino el dueño del medio EL QUE LA OFRECE.