La CDMX vive, como pocas ciudades en el mundo, el vendaval de gran urbe. Es un referente cuando se discute y habla del caos y, paradójicamente, también es la ciudad de las alternativas.

La capital tiene todas las virtudes y defectos posibles. Nos llena de orgullo, la queremos y hasta la odiamos. Se le reconoce como caótica, insegura y difícil, pero es atractiva por todo lo que es y lo que ofrece.

Pocas ciudades del país se han podido salvar del caos, por más pequeñas que sean. Existen circunstancias que están ligadas al crecimiento mismo de las urbes; ha sido la mala planificación lo que las define y les ha permitido un singular desarrollo.

La responsabilidad es colectiva, pero si a alguien se debe señalar en primerísimo lugar, es a los gobernantes y a las empresas inmobiliarias, las cuales con tal de crecer y crecer y ganar y ganar son capaces de cualquier cosa. La corrupción tiene en este sector a una de sus manifestaciones más lamentables y acabadas.

Se han tomado salidas fáciles para atender el crecimiento urbano, extendiendo las ciudades bajo la óptica de lo urgente y, en muchos casos, por la siempre presente rentabilidad política, sin importar su color.

En medio de todo esto, a los ciudadanos se los toma materialmente con las manos en la puerta. Viven urgidos por tener un techo y para conseguirlo son capaces de lo que sea, aceptando condiciones totalmente desventajosas. No se preguntan casi nada, con tal de tener un lugar, “su lugar”, donde poder vivir y hacer su vida.

Si no hay planeación, no hay dirección. La vida se ha convertido, en muchas zonas de las ciudades, en un caos colectivo e imparable. Lo que les ha cambiado la cara a las ciudades han sido sus habitantes.

Son quienes las transforman, a pesar de todos los inconvenientes que los rodean. Los ciudadanos se han visto obligados a hacer sus vidas de forma diferente y han tenido que reaprender a convivir. No sólo es el hecho de que cada vez se valgan por ellos mismos; también es el hecho de que el rol social ha cambiado; y si alguien lo ha entendido, son ellos. Ya nadie se espera a lo que les puedan ofrecer; ahora van por lo que legítimamente es suyo; estamos entre la toma de conciencia y la exigencia.

Como en muchos otros órdenes de la vida del país, la ciudadanía sabe que debe dejar de ser pasiva, para convertirse en ente activa.

El barrio sigue siendo el eje sobre el que gira la capital. Con todo y que hemos perdido, en muchos casos, el sentido de la convivencia vecinal, todos sabemos que la mejor manera de tener tranquilidad es entendernos con quienes viven al lado de nosotros.

En las colonias populares la vida se manifiesta de otras formas. Si bien son zonas bravas y por principio de sobrevivencia, nada dejadas, quienes las habitan saben que lo mejor que pueden hacer es convivir y mantenerse unidos ante las muchas adversidades que padecen.

Con todas las dificultades que viven, es muy probable que sea en estos barrios en donde se tenga el sentido más acabado de vecindad y convivencia.

Claudia Sheinbaum no va a poder resolver todo ese confuso entramado. Sin embargo, por experiencia propia, sabe bien lo que significa este caos y sabe que lo debe frenar.

La llegada de Claudia Sheinbaum a la CDMX debe ser de esperanza y de cambio. Debe ser ocasión para humanizar a la ciudad, sin olvidar, como a veces les sucede a algunos gobernantes de Morena, que se gobierna para todos y no sólo para los que votaron por ella.

Claudia es de una ciudad que se mueve sola, pero que requiere de dirección; es su turno.

RESQUICIOS.

El subsecretario de Hacienda Arturo Herrera tiene claro el presupuesto y lo que se busca para el aeropuerto de Texcoco, por más que no compartamos la singular decisión. Ayer, en Canal Once nos explicó con claridad, una y otra cosa. Va a ser importante y urgente que los funcionarios expliquen lo que están haciendo, porque la incertidumbre, los temores y la inquietud están en ámbitos donde no deben estar.