La tentación de reelegirse ha rondado en innumerables ocasiones la vida de los presidentes. Varios de ellos se encargaron de mover sus “redes” para sondear si existía alguna posibilidad.

En su momento lo negaron bajo la defensa vehemente y hasta desproporcionada de la Constitución; sin embargo, no quitaban el dedo del renglón, por más que dijeran que nunca lo harían. Movían sus poderosas “redes” para sondear el terreno y así darse una idea de lo que la gente pudiera pensar, sentir y ver sobre el Presidente, al tiempo que soltaban y filtraban la especie sobre la reelección para saber si había espacio para ello y en una de esas colarse.

Insistimos, todos los que lo pensaron lo negaron junto con sus amigables e incondicionales voceros, quienes se convertían en algo así como la porra oficial no oficial del suspirante en turno. Todos sabíamos de las aspiraciones y tentaciones, pero también sabíamos que como sociedad no lo debíamos permitir bajo ninguna circunstancia.

La no reelección presidencial no es un capricho y menos un tema que debamos soslayar. Estar atentos a “dichas tentaciones” significa partícipes y vigilantes de la vida política del país, de sus formas, de la renovación de mandatos, de la democracia y, sobre todo, de los necesarios relevos en el ejercicio del poder y la gobernabilidad.

La eternización en el poder termina por ser sinónimo de autoritarismo. Es una cuestionable transformación de los hombres en el poder. Llegan jurando cumplir la Constitución para que al paso del tiempo busquen cambiarla para su beneficio, acaban asumiendo nuevos roles como el de redentores o salvadores de la patria, siendo que son servidores de la patria, para lo cual no se debe olvidar y menos pasar por alto que es para lo que fueron elegidos.

En las perversidades del uso del poder buscan hacer creer que si no son ellos no hay quien pueda hacerlo. Se juguetea con la idea bajo concepciones soberbias fundamentadas en “somos los que podemos hacerlo”, para terminar en algo así como “porque usted lo pidió”.

Se busca sensibilizar y acomodar en la cabeza de los ciudadanos la idea de que la reelección tiene lógica y que incluso es por “el bien del país”.

La experiencia venezolana podría ser un referente más en la forma que en el fondo. Se fue perdiendo de vista, al paso de no muchos años por cierto, la importancia para la democracia y la gobernabilidad de la renovación del poder.

A pesar de que Hugo Chávez era un hombre brillante, de ideas y cercano a la gente a la cual atendía con particular sensibilidad, terminó por ver al país bajo su propiedad, más que bajo un proceso de gobernabilidad.

Su siguiente punto cuestionable fue pensar en Nicolás Maduro como su sucesor, pero sobre todo como su heredero. Terminó pensando más en él mismo y lo que podría ser su legado que en el propio país.

Experiencias como ésta, con todas las diferencias que existen entre Venezuela y nuestro país, deben ser llamados de atención para la gobernabilidad presente y futura.

Ayer se aprobó un dictamen sobre consulta popular y revocación de mandato que pueden llevar al país a un callejón sin salida. El Presidente quiere que la revocación de mandato se lleve a cabo el mismo día que las elecciones intermedias. Sorprende que la bancada de Morena no haya reparado en las consecuencias de establecer un proceso de esta naturaleza.

Morena ha ganado a pulso el poder, es una fuerza fundamental, nuestro país hoy no se puede entender ni gobernar sin este partido y por supuesto y, sobre todo, sin López Obrador.

La pregunta en función de nuestro pasado-presente- futuro no es ociosa ni irrelevante

¿Se están creando condiciones para la reelección? La simple pregunta ya inquieta.

RESQUICIOS.

La información que estos días se ha dado a conocer sobre la gran cantidad de migrantes que se han encontrado, muestra el tamaño del problema que tenemos. Esto es lo que se sabe, imaginemos lo que pasa, pero no es todavía público.