Si algo hacen los candidatos es escuchar a todo el que se les para enfrente. Hacerlo les hace cumplir con códigos que deben tener dentro de lo políticamente correcto, a lo que se suma lo que les interesa, sumar votos.

No reparan en hacerlo y en caso contrario son señalados y criticados aunque el no hacerlo pudiera ser por momentos de distracción en medio de actos públicos. Las campañas tienen como uno de sus grandes objetivos escuchar, se presume que al hacerlo se empieza a construir la gobernabilidad en caso de ganar elecciones.

En política se escucha poco, tiende a vivirse cerca de la imposición más que de la interlocución. Las mayorías interpretan que tienen el derecho de imponer y definir políticas y escenarios. Se argumenta que hay un mandato y que es obligación de quien gobierna cumplirlo.

Uno de los signos de identificación del ejercicio del poder en el país ha sido el de escuchar mientras se es candidato y dejar de hacerlo cuando se llega al poder. Las promesas de campaña no solamente tienen que ver con planes de gobierno, también tienen que ver con la imperiosa necesidad de seguir escuchando como forma de gobernar.

En la medida en que se va desarrollando un sexenio los presidentes se van aislando, no es casual la referencia del “solitario del palacio”. Dejan de escuchar porque les empieza a incomodar y molestar la crítica, si en la campaña estaban dispuestos a escuchar todo lo que les decían, al llegar a Los Pinos, hoy a Palacio Nacional, empieza a cambiar la dinámica que les ayudó a ganar y a que la gente los sintiera cercanos.

De la crítica incómoda se pasa a mantener distancia a quien se escuchaba. De organizar reuniones en donde se planteaban todo tipo de argumentos, en muchas ocasiones contrarios a los candidatos, se pasa a una suerte de “ni los veo ni los oigo”.

Si bien tiene lógica entrar en otras dinámicas debido a que de lo que se trata ahora es de gobernar y no vivir como eterno candidato, también tiene lógica no aislarse de la crítica aunque duela.

Es importante no dejar por ningún motivo de establecer mecanismos de interlocución con instancias o personajes que no necesariamente sean afines al Gobierno, y sobre todo entender que en el entorno presidencial difícilmente se plantean críticas.

Con Peña Nieto quedó la impresión que entre sus incapacidades y el cerco que creó su círculo más cercano quedó totalmente aislado. Las críticas al expresidente y su gobierno se le escondían de tal manera que terminaba medianamente informado sobre incluso lo que él mismo hacía.

Por más obvio que sea, recordemos que no hay manera de gobernar sin escuchar. La clave está en que sin filias ni fobias se establezcan interlocuciones que permitan conocer miradas distintas del país y de las políticas que los gobiernos van instrumentando.

Es claro que no se puede dialogar a toda hora con todos, los tiempos y las exigencias muchas veces transforman y hasta pueden impedir las voluntades de los gobernantes; sin embargo, escuchar a los opuestos ensancha la efectividad para gobernar.

¿Hasta dónde y a quién escucha López Obrador? No hay duda que busca gobernar lo más posible cerca de la gente, buscando no perder una de sus esencias políticas, el contacto directo con ella.

La cuestión también está en encontrar mecanismos para tener interlocución con quienes ven las cosas de manera distinta y que pueden dar equilibrios en la gobernabilidad, por más que las miradas sean críticas. Estar al tanto de ello sirve como comparativo porque desde el gobierno se debe saber de dónde viene la crítica y las intenciones que ésta puede tener.

El Presidente no se ha reunido con los partidos de oposición ni tampoco ha provocado reuniones con académicos e intelectuales.

Escuchar a los que no piensan como uno es también una forma de gobernar, aunque “dé flojera eso”.

RESQUICIOS.

Fue bárbara la hazaña del beisbol mexicano al calificar a los Juegos Olímpicos. En el camino el gran segundo lugar de la Sub 17 también se merecía un tuit.