Resulta muy grato constatar que Nuevo León se suma a los estados con paridad de género en el Congreso. En la pasada elección se volvió obligatorio cumplir con una cuota fijada en que el 50% de las posiciones serían para los hombres y el otro 50%, para las mujeres. Gracias a esta actualización de la ley, hoy por hoy en el estado contamos, por primera vez, con un congreso en el que mujeres y hombres tienen igual representación.

El ejercicio político promete dar buenos resultados. De entrada, se vuelve un escenario más alentador para las mujeres. Cuando existen estas oportunidades es más fácil que más mujeres se animen a entrar a la política. También el hecho de que más mujeres vayan ocupando puestos de poder permite que el género femenino gane terreno y se empiece a “normalizar” el hecho de que haya mujeres en la función pública.

Si bien, la paridad que alcanzamos en el congreso es un hito, todavía tenemos más metas por cumplir, como vivir una equidad de género vertical y horizontal.

La equidad de género vertical se refiere a intercalar mujeres y hombres en los puestos empezando por el de mayor jerarquía hasta el menor. En tanto, la equidad horizontal nos invita a replicar el esfuerzo de paridad de género en sectores similares. Por ejemplo, así como se modificó la ley para cumplir con una cuota de género en el Congreso, podríamos hacer los ajustes pertinentes para solicitar que haya igual número de candidatos hombres y candidatos mujeres como contendientes a una alcaldía.

Una meta más ambiciosa consiste en la equidad de género transversal. Lo anterior significa trasladar las políticas de equidad de género a áreas distintas como corporativos, universidades, industrias, comercios y demás.

Tenemos mucha tarea por delante, sin embargo creo que los pasos más importantes ya los hemos dado. Me parece que a estas alturas ya hemos rebasado el techo de cristal porque, dado que sabemos de los impedimentos que vamos a encontrar rumbo a la cima, hacemos todo lo posible por brincar los obstáculos o hacerles frente.

En este sentido, la presión social se ha ido incrementando para todos, tanto para empleadores como para colaboradores. Es decir, un empleador está más presionado por dar una imagen de equidad de género y debe procurar dar las mismas oportunidades a hombres y a mujeres. Esta misma presión cae sobre los hombros de las mujeres porque cada vez somos más las que apuntan hacia los puestos más altos, o las que se animan a abrir un negocio, mover la economía y generar su propio capital.

La presión es positiva, nos anima al cambio, a ser flexibles y a asumir plenamente nuestro empoderamiento como mujeres.

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