Sería sensato y útil entender que López Obrador es el Presidente de México y que lo va a ser por los próximos seis años.

Está costando trabajo adaptarse a la nueva etapa política del país. Existen razones para ello, debido a que muchos de los paradigmas bajo los cuales se han desarrollado las llamadas “reglas de la política” están empezando a cambiar. Estamos apenas ante todo lo que indica y se presume que serán cambios significativos en todos los órdenes de la vida del país.

Muchos cambios que ya se están presentando y anunciando abren espacios a la duda y al cuestionamiento. No queda claro qué vaya a pasar y sobre todo qué tanto pueda afectar a algunos sectores del país, en particular entre aquellos con condiciones favorables de vida, no hablamos sólo de quienes tienen un alto poder adquisitivo.

López Obrador infunda temores e incertidumbre entre esta franja de la población, que si bien no representa a la mayoría tiene derechos y obligaciones. Muchas de estas reacciones tienen una mirada de clase que no ayudan al análisis, que permitan ver a López Obrador en una dimensión justa y equilibrada.

Se tiene que recordar, una y otra vez, que el Presidente ganó las elecciones con más de 30 millones de votos y que eso le da una capacidad de maniobra mayúscula. El otro componente que tiene en su favor es la mayoría que su partido obtuvo en el Congreso.

El nombre del juego es entender y reconocer las nuevas reglas y, sobre todo, participar de y con ellas. Todos nos hacemos muchas preguntas sobre el nuevo gobierno, lo cual es más importante de lo que a simple vista parece.

Lo relevante es que nos estamos cuestionando lo que esté ante nosotros. Lo que habrá que preguntarse es bajo qué parámetros e intenciones lo hacemos porque no tiene sentido vivir bajo el síndrome de las filias y fobias como forma de vida, no nos lleva a ningún lado.

Estamos ante hechos consumados derivados de una decisión de la sociedad. Lo que pasó en las elecciones no es un destino fatal. Es el resultado de una serie de circunstancias, las cuales han sido analizadas e investigadas profundamente estos meses, sean de nuestra preferencia o no.

Nos está costando mucho trabajo entender el momento en que estamos, siendo que fuimos nosotros en mayoría los que conscientemente lo decidimos. La incertidumbre tiene que ver con escenarios nuevos que tienen una alta dosis de lo inédito.

El hecho de que ya haya cambios significativos, se presume que se vienen muchos más, provoca en principio incertidumbre y hasta miedo.

Lo que está haciendo que las cosas se vean en algunos casos más dramáticas, tiene que ver con algunas acciones que ha tomado el nuevo gobierno estos días y en la larga transición. Algunas decisiones han sido contradictorias, producto de malos diagnósticos o del enfrentamiento con la terca realidad.

La confusión no va a desaparecer de un día para otro. Los acomodos van para largo, no hay manera de saber mucho más de lo que hoy sabemos porque esto apenas empieza.

Reconocer el triunfo de López Obrador en nuestras vidas es un buen paso. No basta con saberlo, se trata también de asumirlo.

No importa si se le quiere o no, si se le alucina o no, si inflige miedo o no, si hay incertidumbre o no. Es nuestro Presidente, muy legítimo por cierto, y lo va a ser por seis años.

Lo que sí importa y mucho, diríamos que es fundamental para el futuro del país en sus nuevos tiempos, es el no perder nuestra capacidad de crítica y asumirnos, hoy más que nunca, como sujetos activos.

No hacerlo es dejar la plaza la cual a fin de cuentas es de todos, incluso de las minorías.

RESQUICIOS.

Es un principio de justicia y reconciliación conocer qué pasó con los normalistas de Ayotzinapa y hacer justicia. La intervención directa de López Obrador y Alejandro Encinas generan expectativa y esperanza. No hay que empezar de cero, por más que sea cuestionada la “verdad histórica”, la cual contienen investigaciones que duelen, pero que deben ayudar.