Si a un sector le está costando trabajo acomodarse con el nuevo gobierno es al de los empresarios. Saben que no están, quizá por concepción de la política y de la vida, en el ánimo del Presidente.

Los constantes enfrentamientos de muchos años entre López Obrador y el sector privado no están fáciles de borrar. Una cosa es que pongan cara de que se andan entendiendo y de ser “civilizados”, pero tiene su dosis de enigma que piensan uno de otros y otros de uno.

Durante estos años se han dado con todo. El Presidente los ve como una de las piezas centrales del desaguisado que se ha presentado en el país a lo largo de todos estos años.

Las críticas del tres veces candidato López Obrador a los empresarios fueron innumerables. En el camino se ha entendido con algunos, en lo que se puede calificar como una edición de los beneficios mutuos.

El grupo Salinas Pliego lleva varios años cerca del Presidente, no es nuevo lo que está pasando ahora. La relación ha fluido desde hace años. Recordará que López Obrador tenía un programa de televisión matutino diario en TVAzteca, en el cual la crítica era la constante y la cual difícilmente se dirigía a algunas de las empresas del consorcio.

Entre el sector privado y el Ejecutivo se han ido atemperando los ánimos para bien, pero da la impresión por los antecedentes, que a lo largo de estos seis años vamos a vivir en una especie de montaña rusa, cargados de altibajos.

Con dos de los empresarios con quien ha sostenido una intensa confrontación, resulta que gracias a la magia y bondades que produce la pasión del beisbol ya se entiende. Quién sabe en qué andaría esta relación si no estuviera de por medio la pelota.

López Obrador y Alfredo Harp, de la mano de Roberto Hernández, se dijeron de todo. De por medio hubo desplegados, discursos y confrontaciones públicas. Habrá que ver qué sucede cuando no esté de por medio el beisbol, el cual es la gran y grata debilidad de López Obrador y Harp Helú; ahí se verá si la bola viene rápida, baja o pegadita.

El Presidente y los empresarios están en la etapa de entenderse, a los dos les viene bien hacerlo, por lo menos por lo pronto. Sin embargo, si alguien tiene la sartén por el mango es López Obrador, lo sabe él y también el sector privado.

Los empresarios se guardan lo que piensan del Presidente para conversarlo sólo entre ellos, o hacerlo en voz baja. No han olvidado la cancelación del nuevo aeropuerto, lo cual los dejó destanteados y desconfiados.

La toma de posesión del nuevo presidente del CCE, Carlos Salazar Lomelín, terminó siendo un catálogo de buenas intenciones y civilidad. Tuvo cuidado el nuevo titular del consejo en esbozar algún tipo de crítica u observación al gobierno. Más bien ofreció todo lo que está al alcance del sector para ayudar al Presidente, en tanto que éste los terminó emplazando.

En los últimos sexenios la relación entre empresarios y Presidente ha sido en lo general tersa. Hubo excepciones como la compleja convivencia en los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo, el primero se la pasó enfrentado con el sector y el segundo quedó marcado por la estatización de la banca; Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari obsequiosamente se encargaron de arreglar las dificultades.

López Obrador tiene claro qué piensa y qué quiere de los empresarios, lo que incluye a sus conocidos.

La clave es cómo se va a ir entendiendo con ellos. Hoy tiene la sartén por el mango, pero al paso del tiempo se pueden venir problemas económicos, como ya se vislumbran este mismo año, y entonces los pudiera necesitar más de lo que quisiera.

RESQUICIOS.

No existe otra manera de entender el funcionamiento de las cárceles en el país de no ser reconociendo que los reos son los que las gobiernan: Saskia Niño de Rivera, presidenta y cofundadora de Reinserta.