La desbordada exposición a la que está sujeta el Presidente le está generando cada vez más riesgos.

En las últimas semanas se ha roto la relación de respeto y civilidad entre los medios y el mandatario, lo cual, desde donde se vea, no es una noticia alentadora ni abona a la democracia.

La sobreexposición obliga al mandatario a contestar todo lo que le plantean, siendo que no tiene todas las respuestas y que muchos temas deben pasar por la reflexión y la pausa.

A esto se ha sumando la inconformidad pública. Muchos ciudadanos le han planteado quejas al jefe del Ejecutivo federal, las cuales tienen que ver más con su gestión que con el fustigado pasado.

Hay una parte en todo esto que hay que destacar y ponderar. López Obrador por ningún motivo se esconde; a diferencia de lo que durante mucho tiempo hemos visto y vivido; por lo regular atiende a quien se le acerca. La dinámica bajo la cual se mueve lo coloca invariablemente expuesto; es cuestión de verlo por los pasillos del aeropuerto, para que cualquier persona se le acerque.

Es inédito lo que hace el Presidente, porque a lo largo de la historia reciente del país, hemos visto cómo los mandatarios, si bien no necesariamente se escondían, sí llevaban en su entorno cuerpos de seguridad que impedía a cualquier ciudadano acercárseles.

La mayor parte de los actos públicos a los que asistían estaban bajo control; en muy escasas ocasiones se levantaba alguna persona de la audiencia para manifestar una crítica o alguna pregunta. Recordemos que los presidentes se movían al son que el Estado Mayor Presidencial instruía.

Con López Obrador, las cosas son diametralmente diferentes. Toda su vida política se ha manejado, en este sentido, por la libre; no le gusta que lo acoten, a pesar de los inevitables riesgos bajo los que está en un país como el nuestro, donde la inseguridad es una forma de vida. No es casual que desde el inicio de gobierno haya tomado medidas radicales acerca de este tema.

En las últimas semanas, los ánimos se han exaltado; en ocasiones empezando por él mismo, lo que afortunadamente no ha provocado ningún incidente mayor, pero sí se han presentado discusiones rudas y bravas que han colocado al Presidente en escenarios y situaciones no sólo incómodas, sino también en aprietos reales respecto a la manera en que lleva a cabo su gestión.

La popularidad del mandatario no le otorga la razón en lo que plantea. Su referencia a los llamados de que él tiene “otros datos”, lo pueden llevar a una especie de realidad paralela que le impide no ver y tener información precisa que le lleven a gobernar con certidumbre en las políticas públicas que instrumenta.

Hay muchos enigmas respecto a si el Presidente escucha a los que lo rodean; lo que llaman el primer círculo. Muchas de estas opiniones vienen de personas que, de alguna u otra manera están cerca de él, aunque por lo general lo hagan en voz baja.

Si el Presidente no escucha, como se dice, tiene que replantearse este tema; pero si escucha, es obligación de ese círculo plantearle información que le permita al jefe del Ejecutivo, tener efectivamente, “otros datos”.

El problema que puede enfrentar el mandatario por su sobreexposición es un desgaste temprano, que pudiera eventualmente no mermar su popularidad, pero sí pudiera provocarle un desgaste que, tarde que temprano, le traerá consecuencias.

Cerca de cumplir su primer año de Gobierno, el Presidente debe colocar en la balanza el tema de su exposición. Reiteramos: una parte de ello tiene su lado positivo, pero estas dos semanas nos hemos dado cuenta de que su exposición lo mete en debates y dimes y diretes que, como se ha visto, no le ayudan absolutamente en nada.

RESQUICIOS.

En el momento en que los militares le pidieron al presidente de Bolivia, Evo Morales, que dejará el cargo se gestó lo que bien puede llamarse un golpe de Estado. Morales debió entender el llamado de las urnas, a pesar de su victoria; cuando lo hizo, Bolivia ya estaba en vilo.