Ante los controvertidos comentarios del actor hollywoodense Liam Neeson, en los que admitió que había considerado, hace 40 años, llevar a cabo un crimen racial, luego de que una amiga le contara que había sido violada por un afroamericano, las redes sociales explotaron con juicios sumarios y una condena masiva. Y aunque Neeson se disculpó, clarificó lo que había dicho y negó rotundamente ser un racista, el daño ya estaba hecho, su carrera había sufrido un golpe del que no será nada fácil recuperarse.

Efectivamente, el pensamiento que tuvo Neeson hace 40 años, es absolutamente indeseable, y él acepta que estuvo mal, aunque lo importante es que no se convirtió en un acto. Pero tal parece que hoy en día los personajes tienen que ser 100% perfectos, porque cualquier desliz, muestra de error, de flaqueza, de vulnerabilidad, puede ser causa de un linchamiento social a través de las redes. Y lo hacen con mucha furia, en ocasiones con gran hipocresía, y además muchas veces desde la comodidad del anonimato. Esperan, cual jauría de lobos, la oportunidad para atacar con la venia del grupo, diluyendo sus tarascadas con las de los demás, como miles de “bullies” siguiendo a unos cuantos líderes, repitiendo las mismas consignas, casi siempre sin analizar o ir más a fondo en lo que se critica. La redención es muy difícil, si no imposible, en este nuevo mundo.

Pero hay excepciones, desde luego. Los líderes que cuentan con su propia jauría de lobos cibernéticos, por la razón que sea, suelen gozar de inmunidad en las redes. A ellos se les perdona casi todo, y si alguien osa criticarlos, incluso de manera racional y con buenos argumentos (que esa tendría que ser la prioridad de las redes sociales), se vuelcan inmediatamente sobre aquel incauto para aplastarlo a la menor provocación. El linchamiento es al revés, pues. La otra cara de la misma moneda.

APUNTE SPIRITUALIS. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”, debería ser una frase que los usuarios de las redes tengan más presente.