Durante mis años de pubertad, leí los primeros libros en mi vida.

Los primeros fueron algunos que encontré en mi casa, después intenté comprar, con dinero de mi papá y mamá, en librerías en centros comerciales, aprovechando el paseo dominical.

Admito con mucha vergüenza que el primer libro que compré fue Cañitas. Si me imagino como una adolescente por primera vez en una librería, con $200 pesos en la bolsa, con una familia no-lectora, y sin ninguna referencia, puedo entender cómo llamó mi atención ese módulo de libros llamativos escritos por un nombre que me sonaba por la televisión.

Creo que es la única compra de la que todavía me arrepiento.

Poco a poco, y como era de esperarse, fui definiendo mi personalidad lectora. Mucho de lo primero que leí fue ficción histórica de la Segunda Guerra Mundial, inspirada por eso único que conocía de historia y que me apasionaba. Un tiempo leí cualquier biografía de Frida Kahlo que encontrara, y descubrir una en un libro de más biografías me hizo fanática de la biografía y la autobiografía. Pensar en aquellos libros que no leí de niña me sigue haciendo fanática de la literatura infantil, me fascinan los ensayos y poder leer lo que otras personas piensan, y no hay nada más placentero que perderme en una novela, especialmente si es algo con lo que puedo sentirme identificada.

El año pasado hice un viaje que soñé por años y plané por meses. Del otro lado del mundo caí en cuenta de algo: sin importar cuánto disfruté conocer otro continente, otro país, museos, calles, gente, un elemento constante del viaje y que puedo recordar con seguridad es qué libro me acompañó. Y, sobre todo, que sin importar el lugar donde lo hago, leer me trae un placer sencillo y siempre al alcance. Es el elemento de siempre en mi vida. Quizá la única constante.

Esta cuarentena he tenido muchos domingos libres. Además, enfrentarse a una pandemia me hizo reflexionar acerca del uso de mi tiempo, y priorizar mis pasiones y mis relaciones.

Justo ayer terminé la meta de libros que tenía por leer este año. Lo cual, debo admitir, me llena de orgullo y satisfacción.

Ahora me enfrento a un reto más importante.

Mucho más allá de cuántos libros leo, ¿qué tan diversas son mis lecturas?, ¿que tanto mis libros me invitan a conocer otras realidades, otras culturas, otras historias, otros puntos de vista?

Creo que, hasta hoy, leo un poco más aquello que refleja lo que soy. Y estos tiempos demandan que sepamos más de lo que no somos.

Y ese es mi próximo reto: leer algo que amplíe ese panorama de lo que conozco, que me haga más empática, más consciente y quizá, mejor persona, no sólo mejor lectora.

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