La política es el arte de los consensos, al menos así se ha interpretado siempre, hoy pareciera ser que esa definición de la finalidad de esta actividad, ha dejado de ser válida, pues más parece diligencia de artesanos que de estadistas.

Lo que un sector de la población ve bien, otro difiere completamente, lo que algunos interpretan como estilo de
gobernar, otros lo consideran incapacidad para el ejercicio público.

Si bien es cierto que en la diversidad de opiniones se sustenta la sociedad, también es cierto que lo que más rompe con la armonía de la diversidad, son las campañas inducidas.

A Rafael Correa, ex presidente de Ecuador, le tomó 2 años más o menos hundir a su país en una confrontación civil, en la que lo de menos es la genuflexión ante el Fondo Monetario Internacional del actual mandatario, Lenin Moreno, pues este fue solo el pretexto para incendiar el país.

Lo relevante es que al parecer esto ya es epidemia, pues la rebelión de las masas y las marchas multitudinarias, han llegado ya a Chile, país gobernado por la ultra derecha y que además llevaba el índice de crecimiento mayor en Latinoamérica.

Lo de Bolivia es entendible desde el momento en que por medio de artimañas Evo Morales pretende, hasta ahora con éxito, perpetuarse en el poder.

Panamá también arde, sus ciudadanos no están de acuerdo con la forma en que el parlamento pretende hacer modificaciones a la Constitución Política del país, todavía no lo aprueban, pero declaraciones de algunos parlamentarios han provocado la polarización que ha ganado las calles.

Un aumento en las gasolinas, una intervención electoral y la posibilidad de evitar los matrimonios igualitarios, han sido los detonantes para la inconformidad social, y es aquí donde se pone en tela de duda la capacidad de los dirigentes para lograr los consensos necesarios para sostener la paz social.

Esta semana fue caótica para el gobierno de México, su interés por tratar de defender lo indefendible, por exhibir el operativo y por transparentar la ineficacia los ha llevado a un callejón sin salida, pero que sin duda horadara conciencias, para poder tratar de explicar, lo que ya explicaron y que casi nadie entendió.

Esta es una realidad evidente que se trata de matizar, tal vez era mejor como se hacía antes, se ocultaban totalmente los hechos y se negaba cualquier tipo de negociación con la delincuencia organizada.

Y si recorremos la historia, podemos llegar hasta los sucesos de 1968, cuando Tlatelolco estigmatizó al ejército mexicano, pero desde Palacio Nacional el Presidente en turno, Gustavo Díaz Ordaz, asumió en forma personal la responsabilidad por el rojo amanecer.

Y hay quien se atreve a negar que en la época en que gobernaba el PRI, no había prensa crítica, si así fuera, no tendríamos grabado en nuestra memoria las barbaridades cometidas desde cualquier esquina de poder.

Lo que si no había era reporteros protagónicos, que en su calidad de desplazados ya que regularmente hacían sus trabajos en el barandilla de policía, se sintieran capaces de convertirse en jueces, cuando la función del reportero es la de exclusivamente reseñar lo sucedido.

El respeto es como la confianza y la lealtad, para que funcione debe tener dos vías en sentido contrario.

La verborrea y la injuria es lo único que se nota hoy con claridad en el país, mientras el sector más pobre justifica todo y entrega mayor aceptación al gobierno, el sector pudiente se aleja más y más de la prudencia, no leen los sucesos mundiales y replican sin remordimiento todo lo que Fox y Calderón hacen para ver a MEXICO EN LLAMAS.

Jorge Alberto Pérez González
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