Hoy cumple 30 años una de mis mejores amigas.

Ayer, la sencilla pregunta “¿cómo te sientes con tu cumpleaños de mañana?” fue respondida con un audio de varios minutos.

En resumen, se siente reflexiva. Llegar al tercer piso le invita a un análisis de cuántas cosas ha logrado en los últimos años, cuántos retos ha enfrentado, qué sigue para sus siguientes 10, 20, 30 años. El poder evaluar que los pasados 10 años de su vida era una mujer totalmente consciente genera una reflexión importante acerca de lo que ha vivido y sigue por vivir.

Curiosamente, esa reflexión es algo que he notado en muchísima gente en estos últimos meses. Pareciera que esta imposibilidad de ver hacia afuera nos obliga a ver hacia dentro.

No me siento muy ajena a esa idea. Trabajo acompañando a las personas en esa aventura de autoexplorarse, de conocerse, de retarse a saber más de ellas mismas. Yo vivo eso en mi propio Psicoanálisis. Y mi forma de describirlo es que es un proceso doloroso y hermoso al mismo tiempo. Sobre todo necesario.

Sin embargo, es un proceso poco ordinario. Incluso en mis pacientes en sus terapias hay resistencia. Yo misma me resisto a explorar ciertos temas. Y regreso entonces a mi punto anterior: estamos bastante acostumbradas a ver hacia afuera. El mundo y la rapidez con que avanza, los medios digitales, nuestra forma de comunicarnos y de convivir, todo nos invita a ver hacia afuera. Quizá incluso nos hace temer mirar hacia dentro.

Y entonces, hoy ante todas estas modificaciones de lo que acostumbramos, estamos ante la maravillosa oportunidad de entrar al no poder estar afuera. No podemos salir, conozcamos lo que sí tenemos a nuestro alcance: nosotras mismas. No sabemos qué sigue, no sabemos cuál será la nueva normalidad, sólo sabemos que será diferente a lo que hoy conocemos. Hagamos eso la norma: miramos hacia dentro.

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