Con los altos niveles de violencia que hay en el país y que no cejan, el gobierno va a contracorriente. Resultó audaz la declaración del Presidente en el sentido de que las cosas iban a cambiar en seis meses.

Si ya de por sí la apuesta del responsable de la seguridad, Alfonso Durazo, de que la violencia se controlaría en tres años se ve complicada y difícil de cumplir, lo de seis meses no deja de ser un buen deseo que no se ve que bajo las actuales condiciones se pueda alcanzar.

Se sabe bien que el problema es de enorme complejidad. Se heredan una infinidad de temas que no hay manera de superar o resolver a través de un plumazo o de una declaración. La herencia es maldita no sólo por la violencia y la inseguridad misma, sino también por la forma en que se reacciona y se va construyendo la vida ciudadana ante la abrumadora violencia.

El mejor diagnóstico que podemos tener sobre la violencia en el país lo manifiesta y define lo que se ha vivido en las últimas semanas, lo que incluye a la Ciudad de México. No hay día en que no se registren muertes violentas o balaceras, sin importar quién esté de por medio.

La matanza del Viernes Santo en Minatitlán prueba que ya no importa si están en el lugar menores de edad o madres con niños en brazos. Los asesinos se van con todo sin reparar en nada, la muerte adquiere otro sentido y por lo que se ve, poco o nada les importa a los asesinos que puedan ser detenidos.

El eje sigue siendo la impunidad. Si los sicarios hacen lo que hacen es porque en muchos casos tienen una especie de salvoconducto. No operan si no les ofrecen salidas ante la eventualidad que los detengan. No es casual que muchos de ellos queden en libertad tiempo después de que fueron detenidos y hasta sentenciados.

Los cinco mil pesos que supuestamente le pagaron al sicario que mató a un líder, un empresario e hirió a un camarógrafo en pleno centro de Cuernavaca muestra por un lado la descomposición en la que estamos, y por otra parte es la evidencia de la ausencia de un gobierno en que el titular del Ejecutivo supone que puede gobernar amparado en sus hazañas futboleras.

No está todavía a la mano del Gobierno federal la posibilidad de que en el corto o mediano plazo pueda acabar con la inseguridad y la violencia. Hecho como los que hemos referido son sólo una muestra del estado de las cosas.

No hay freno ante la violencia, el fin de semana en Múzquiz, Coahuila, se presentó un enfrentamiento con un saldo, según medios locales, de 18 personas muertas. Las clases se tuvieron que suspender ayer, habrá que ver qué explicaciones se les dieron a los niños del cierre de las escuelas.

En las redes está circulando un video brutal. Una persona armada entra en una oficina y le dispara a un abogado y trata de hacerlo también contra quienes están con él. No queda claro cuál es el móvil, lo que más o menos se alcanza a escuchar, además de los balazos, es lo que dice el asesino: “¿por qué me ves así?”, refiriéndose al abogado. El saldo una persona muerta y dos heridas, junto con un número altísimo de visitas de cibernautas para ver el video.

El fenómeno paralelo a la violencia y que es cada vez más grave es la forma en que estamos reaccionando y asumiendo lo que vivimos en nuestra cotidianeidad, se ve ya como algo “normal” ante lo que hemos perdido nuestra capacidad de asombro y sorpresa.

La tarea que tiene el gobierno es mayúscula sin perder de vista que en medio estamos nosotros.

No es “normal” lo que pasa, lo peor es verlo así.

Hay que revertir la violencia y también la forma en que nos hemos acostumbrado a verla, no es “normal”.

RESQUICIOS.

Gran paso para atender la migración. La Cepal propuso un plan para México como eje, Honduras El Salvador y Guatemala. Se busca detonar polos de desarrollo en estos tres países y mitigar la migración. “La gente migra porque tiene que hacerlo, no porque quiere”, dijo Alicia Bárcena, secretaria Ejecutiva de Cepal; ahora hay que convencer a Estados Unidos.