Los servicios de inteligencia del gobierno han sido, en la mayoría de los casos, rudimentarios. A principios de siglo fueron cambiando para empezar a adquirir un sentido de profesionalización.

La tecnología ayudó a la vez que quienes lo integraban se fueron profesionalizando en áreas de inteligencia y seguridad nacional. De un proceso informativo a través de llamadas telefónicas, de filtraciones y recortes de prensa, se pasó a una etapa con pretensiones profesionales y, sobre todo, a la utilización de herramientas que permitieron mejores investigaciones e interpretaciones.

Durante mucho tiempo el proceso se basó en reportes de los llamados “orejas”, en la lectura de periódicos y en intervenciones telefónicas. El gobierno recibía asesoría e intercambiaba información con la CIA, la cual se movía a sus anchas.

Bajo la singular mentalidad de los gobiernos del PRI, esto era visto como un “mal necesario”. Ayudaban a tener información de primera mano sobre el país, pero el riesgo era alto, porque terminaban sabiendo más de nosotros que nosotros mismos. Como es sabido, mucha de esta información fue usada para intimidar y presionar, hasta parecía ser el único objetivo.

Al no tener instrumentos de primer nivel, no haber profesionalizado el trabajo en áreas de inteligencia y seguridad nacional, entre otras, la dependencia se convirtió en arma de dos filos.

En los ochenta los trabajos de algo que llamaremos inteligencia, se encontraban en un edificio ubicado frente a Gobernación, sobre Bucareli; tiempo después se fueron al sur de la CDMX para crear el Cisen.

El trabajo tenía, sin exagerar, su dosis de bizarro. Las operadoras hacían su trabajo como podían. Se ayudaban de un gancho de ropa, el cual doblaban de mil maneras, para poder insertar en ellos la bocina del teléfono. Se lo colocaban en su oreja para poder escuchar y así tener las manos libres para escribir todo lo que les contaban los “orejas” en las históricas máquinas de escribir de marca Olivetti.

Escuchaban y escribían y cuando no entendían, interpretaban. Con ese material hacían tarjetas que enviaban a sus jefes para que de ahí llegaran al escritorio del titular de Gobernación, para que acabaran, en buen número de casos, en Los Pinos.

Desde siempre los Estados han requerido de información interna que permita entender y leer la vida del país y así adelantarse a sucesos que eventualmente se presenten y puedan afectar a la sociedad.

Que se haya hecho para intimidar, afectar, reprimir y presionar, como se ha hecho a lo largo de décadas, no significa ni que sea su objetivo ni su sentido.

¿Qué puede haber en los archivos del Cisen? Algo hay de enigma, pero todo indica que, por lo menos en el del Presidente nos podría terminar por sorprender muy poco. Es tan pública la vida profesional y privada de López Obrador, y está tan a la vista que han tratado de atacarlo en innumerables ocasiones, que es probable que conozcamos todo o casi todo sobre él.

El problema que viene es el del criterio para decidir qué se puede abrir y qué no. No todos los archivos son susceptibles de conocerse, porque en algunos casos se podrían poner al descubierto situaciones y momentos delicados del país, y en otros casos se podría ver afectada la vida privada de personas que incluso no quisieran que se diera a conocer su archivo.

A lo largo de años las direcciones de inteligencia y seguridad, los “orejas” e incluso el Cisen, se usaron para meterse grosera e impunemente en la vida de mucha gente sólo por ser opositora al régimen o por persecuciones emanadas de la soberbia del ejercicio del poder.

Veremos qué dicen los archivos de todos nosotros.

RESQUICIOS.

Son muchas las voces sensatas y con conocimiento de causa en contra de la estrategia del gobierno que cambia los mecanismos de ayuda a mujeres violentadas y perseguidas que se encuentran en refugios en todo el país. Es necesario escuchar estas voces, de menos por sentido común.