El dinero que se gasta en la democracia es inusual. No son casuales ni las críticas ni, paradójicamente, las grandes cantidades que se invierten. Bien sabemos que la construcción de nuestra democracia ha ido de la mano de la desconfianza. Dudamos unos de otros desde tiempo atrás, con una alta dosis de razón.

La imposición, el robo de urnas, la compra del voto, el sesgado conteo de votos, entre otras muchas cosas, fueron la constante a lo largo de los años; la precaria oposición no podía ni meter las manos, pues le pasaba por encima la maquinaria.

Así ganó el PRI innumerables elecciones, en medio de la impunidad, de reglamentos a modo y de una complicidad abierta de muchos medios de comunicación. Todos los caminos estaban cerrados y todo se veía como una práctica común; como si fuera una forma de vida.

En sentido estricto, algo había de ello. No se conocían otras formas de participación; la oposición era vista como algo menor, porque todo empezaba y terminaba en el partidazo del gobierno.

Los tiempos fueron cambiando; hecho del cual todos hemos sido testigos y actores. Nuestra democracia se fue transformando; aparecieron nuevos partidos, otros se consolidaron y ante ello, al PRI no le quedó de otra que ser un animador de los cambios; hay que reconocer que lo fue, quizá más bajo el sentido de la sobrevivencia que el de la convicción.

En medio de la justificada desconfianza histórica fuimos construyendo una democracia llena de controles, de mecanismos para no perder de vista al de junto y, sobre todo, de dinero, mucho dinero. De la desconfianza que provocaba el PRI-gobierno pasamos a la desconfianza de todos con todos, en donde el tricolor seguía siendo el observado y vigilado.

Al final, todos evolucionamos y, como suele suceder, unos entendieron los nuevos escenarios mejor que otros.

Lo importante fue que, efectivamente, sí entramos en una nueva etapa que aireó profundamente la democracia; y si bien el dinero resolvió problemas, no podía gastarse de manera tan grande y al amparo de la creación de partidos políticos franquicia, personales, familiares y todo lo que hemos visto estos años.

Hemos evolucionado y con todo y las limitaciones que conocemos y vivimos, algunas de ellas propias de la democracia misma, tarde que temprano tenemos que entrar en una nueva dinámica en lo que corresponde a los dineros que se gastan.

Se han presentado algunos proyectos que han intentado darle un giro a esto; sin embargo, se han enfrentado dos cuestiones: por un lado, la oposición de los chiquipartidos que se verían afectados, y por otra parte, que ante los cambios se caiga en viejas prácticas y se dejen venir de nuevo las pesadas desconfianzas.

Esto segundo sería brutal, porque nos regresaría de manera lamentable en el tiempo. Significaría que no hemos evolucionado y que no hemos aprendido. Significaría también que tendríamos que seguir gastando mucho dinero, porque seguimos desconfiando uno de otros y otros de unos.

La propuesta para reducir en 50% los gastos de los partidos, no operaría en tiempos electorales, hecha por Tatiana Clouthier y Mario Delgado, los dos de Morena, está para discutirse. Se trata de redistribuir los gastos, pero también parte de la posición que tienen; son el poder y con el vuelo que traen su propuesta a ellos no les afecta, les puede ayudar a eternizarse; al fin y al cabo son gobierno.

Todo se les acomoda; disminuyen los gastos, los redistribuyen en otras áreas y aprovechan el momento en el que están. El Presidente hace campaña en todos lados; que le pregunten a los gobernadores con quienes comparte actos en todo el país sobre ello.

Es una discusión necesaria que si a alguien le conviene alentar, es evidentemente a Morena.

RESQUICIOS.

Ricardo Anaya fue exonerado de actos de corrupción, imputados al inicio de su campaña por la Presidencia. A López Obrador no le iba a ganar nadie, pero cómo le quitaron tiempo al panista usando las instituciones de manera lamentable.