Ayer, el Gobierno federal y el de Veracruz convocaron en el Museo de Memoria y Tolerancia, a familiares y amigos de cinco jóvenes que fueron desaparecidos y ejecutados el 11 de enero de 2016.

Los jóvenes, cuatro hombres y una mujer, se trasladaban de Veracruz puerto a Playa Vicente, de donde eran originarios, cuando en Tierra Blanca fueron detenidos por policías estatales quienes los entregaron a integrantes del Cártel Jalisco Nueva Generación, (CJNG).

Los jóvenes habían ido de paseo a Veracruz, tenían tiempo para ello antes de regresar a Playa Vicente. Fueron, hágame favor, confundidos con los enemigos del grupo que estaba en plena complicidad con las autoridades locales.

Para los padres de los jóvenes fue y sigue siendo una pesadilla interminable. Les resultaba incomprensible que sus hijos fueran detenidos sin razón alguna y que después los hayan entregado a sabiendas de lo que iba a pasarles.

No sólo fue lo que pasó, sino también las respuestas que dieron las autoridades a lo largo de todo este tiempo. Fue un cúmulo de contradicciones, las versiones llegaron a ser groseras, señalaban a los jóvenes o se dedicaron a hacer conjeturas sobre ellos, lo que en el fondo era un absurdo pretexto para justificar la oprobiosa acción de la policía estatal.

A los padres nadie les hacía caso. Los hechos los quisieron ubicar bajo el clima violento que se vive en el estado, y como parte de la lucha entre grupos delincuenciales. Fue un problema entre los “malos”, se dijo una y otra vez.

Varias veces conversamos con la mamá de Bernardo Benítez Arroniz, uno de los jóvenes detenidos y luego ejecutados. Era sorprendente la serenidad de la señora Arroniz en medio de lo que estaba viviendo la familia. No ocultaba su tristeza, pero se defendía como podía y mostraba su mejor cara, nos decía que quizá en alguna de las entrevistas que le hacían, su hijo pudiera escucharla.

La señora Arroniz siempre tuvo la idea de que la policía y los delincuentes estaban relacionados, “son lo mismo”. Fue una intuición que se vio fortalecida al paso del tiempo, cuando no encontraron en ninguna delegación o MP registro alguno sobre la “detención” de los muchachos.

Después de una presión social, las autoridades se vieron obligadas a una inevitable búsqueda. Cuatro días después encontraron los restos de algunos de los jóvenes en el rancho El Limón en Tlalixcoyan, donde según declaraciones de los involucrados fueron asesinados y quemados con diésel.

Algo hay de lo que a menudo se dice sobre el peor lugar y lamentablemente los muchachos estuvieron en el peor lugar en el peor momento. Sin embargo, lo que pasó pone una vez más en evidencia lo que se vive en Veracruz y en buena parte del país.

No es un hecho aislado, forma parte de cadenas de violencia y de relaciones entre las autoridades y la delincuencia organizada, las cuales colocan a los ciudadanos bajo escenarios brutales, violentos y de altísimo riesgo.

El perdón presentado a las familias y amigos por parte del Gobierno federal y estatal, es un acto que dignifica a todos. No quita la pena ni el rotundo dolor, pero le ofrece a las familias la posibilidad de que la sociedad tenga claro lo que pasó y la delimitación de responsabilidades.

A los jóvenes se les criminalizó siendo que ellos eran las víctimas. El Estado asumió su responsabilidad, de la misma manera que lo hizo hace algunas semanas con Lydia Cacho.

Va a ser largo el camino del perdón en el país, hay muchas cuentas pendientes. Habrá que hacerlo para dignificarnos, para hacer justicia y en algún sentido reconciliarnos.

RESQUICIOS.

El Canal Once está cumpliendo 60 años. Ha sido una vida llena de hallazgo. Es un canal con credibilidad, con una programación diversa y con Once Niños que es un proyecto sólido, comprometido y único en América Latina. Es la televisión pública que ha sabido ser parte del país con una mirada analítica y crítica en estos 60 años. Es la Voz del Politécnico.