Hace algunos años, tuve un par de mudanzas en un periodo muy corto de tiempo, y por facilidad de mover menos cosas, dejé ir.

Aunque fue un poco complejo, poco a poco fui aprendiendo muchísimo acerca de qué eran aquellas cosas que no necesitaba y tenía o compraba. Por ejemplo, dejé de tener dos de algunas cosas que realmente sólo necesito una, dejé de comprar cosas “por si acaso”, incluso aprendí a definir mi estilo y mi guardarropa ahora es más pequeño que nunca, e irónicamente también más útil y más amado.

En estas últimas semanas de cuarentena, he seguido sacando algunas cosas. Por ejemplo, saqué algunas colchas para donarlas a alguien que seguramente necesita más que yo, que sólo tengo una cama y no encuentro la necesidad de tener doble colcha para tiempo de frío; saqué también un exprimidor de naranjas, que no recuerdo la última vez que usé, y regalé maquillaje que no tengo tiempo de usar y que alguien más puede disfrutar antes que caduque guardado en mi casa.

Ese proceso de entender, primero, qué es útil y que no, es complejo. Podemos agarrarnos de cientos de excusas para sostener hábitos o mantener cosas. Me quedo pensando si es una manera de autosabotear nuestro propio bienestar. Pero, ¿qué pasa si lo priorizamos?

Si en este momento te preguntas qué es aquello que te hace feliz, ¿qué hay en tu respuesta? Tu familia, tus perros, tu trabajo. Leer, jugar golf, tu serie favorita, el postre que le queda tan rico a tu mamá. Instagram, Star Wars, la meditación, los masajes. Tener tiempo, contar con salud, no preocuparte por dinero.

¿Qué no estuvo en tu respuesta?

Eso en lo que no pensaste, ¿sobra?

Si no te hace feliz, ¿qué te deja?, ¿por qué lo mantienes en tu vida?

Quizá la pregunta más importante sea, ¿quita la posibilidad que aquello que sí te hace feliz suceda más seguido?

Date tiempo. Evalúa, cuestiona, atrévete y deja ir.

O deja entrar. Quizá te das cuenta que es necesario soltar algunas cosas para que algo más llegue.