Tiene su dosis de enigma el por qué Peña Nieto se hizo a un lado de manera tan evidente en la transición.

No queda claro si es la civilidad política o, como hemos mencionado en otras ocasiones, es sobrevivencia. Como fuere, es evidente que López Obrador está virtualmente gobernando el país desde el martes siguiente de las elecciones.

Tarde que temprano, el nuevo gobierno tendrá que llamar a cuentas a la administración priista. Por más que López Obrador alargue plazos, pareciera que tanto sus huestes, como algunos legisladores de Morena, tienen el tema en el centro.

No es casual que muchos seguidores de AMLO tengan en la mira al todavía Presidente. Peña Nieto es en el imaginario colectivo el gran responsable de la situación que se vive hoy en el país.

Poco cuenta lo que hicieron Felipe Calderón y Vicente Fox, la memoria es corta e inmediatista. Con los panistas pasamos de la esperanza a la decepción, lo que se veía como el gran cambio, no sólo por sacar al PRI de Los Pinos, terminó siendo criticado y visto como más de lo mismo en versión blanquiazul.

Por momentos parece que Fox y Calderón ya son historia. Lo que los regresa son ellos mismos con sus declaraciones y sus desplantes. Viven bajo la tentación de los micrófonos y las redes.

En particular, la gestión de Felipe Calderón es la que más se recuerda debido a las políticas que implementó en materia de seguridad. No se olvida aquello de la declaración de guerra que le hizo al narcotráfico, para que tiempo después dijera que viéndolo bien, no era exactamente una declaración de guerra.

Con Peña Nieto todo está más fresco porque como sea sigue siendo el Presidente. No ha desaparecido para nada porque su gestión estuvo definida por desapariciones, violaciones de derechos humanos, asesinatos de periodistas y hechos de corrupción que no hay manera de olvidar.

A esto se suma que a lo largo de su campaña fue el propio López Obrador quien se encargó de recordarlo, un día sí y otro también.

No sólo fue esto lo que hizo, sustentó su campaña en la crítica al actual sexenio con todo lo que para él significa y con ello imbuyó de un ánimo electoral que para muchos resultó un voto contra Peña Nieto lo que al final terminó siendo un voto por ya saben quién.

Está claro que algo ya está haciendo. La cancelación del NAIM en Texcoco, el muy anunciado fin de la “mal llamada” Reforma Educativa, más otras medidas que ha planteado, van formando en algún sentido una paulatina destrucción del sexenio de Peña Nieto.

Lo que habrá que ver es si en medio de todo esto opta por la justicia para crear antecedentes y ser quien acude a las leyes para denunciar lo que aseguró, a lo largo de meses y años, sobre la forma en que han ejercido diversos gobernantes el poder político en el país.

Habrá que ver hasta dónde llegan sus intenciones políticas, pero también habrá que ver si a lo mejor optó por atacar lo que se ha hecho y poco a poco irle dándole vuelta a esta página.

López Obrador ha repetido que lo que quiere es gobernar y no perder el tiempo en casos que podrían ser “mediáticos y hasta escandalosos”. La cuestión es cuál podría ser la reacción ante esto de sus furibundas huestes. Hoy las tiene bajo control, pero mañana pueden ser un enigma.

La forma en que ha manejado la cancelación del NAIM ha sido cuestionada. Pareciera que lo que está haciendo es sólo cambiar de aeropuerto a los que él ha llamado insistentemente “corruptos”. Hasta ahora todo se ve en este sentido confuso.

Tarde que temprano López Obrador tendrá que decirnos qué va a hacer con un Presidente al que lleva años teniéndolo en la mira.

RESQUICIOS.

Para no olvidar. La transmisión oficial de la toma de posesión como Presidente de López Obrador estará a cargo del Canal del Congreso. Esto se viene haciendo desde hace muchos años debido a que el Legislativo es un poder autónomo, el cual define las reglas en su casa. Lo recordamos por aquello de querer inventar el agua tibia.