Hay un pasado de país, del que con justa razón nadie quiere saber de él. Ahora que está en el banquillo de los acusados pareciera que todo lo que hemos hecho y ha pasado, es para mandarlo al bote de la basura.

Todos sabemos que no es exactamente así. La fiebre lopezobradorista señala a los últimos años, como una etapa de nosotros que pareciera que no tuviera ni sentido ni razón de ser. No se trata de salir en defensa de pasajes de esta historia, que efectivamente han colocado al país bajo la adversidad y la injusticia, por mencionar dos variables que en sí mismas definen una gran cantidad de categorías.

Si algo queda claro, es que la mirada sobre el pasado nos está permitiendo evaluarlo. López Obrador ha sabido colocarlo en el imaginario colectivo; lo que ha provocado que se le señale, se le desprecie y hasta se le deseche.

Ubicar el pasado del país, sólo a través de lo que hicieron los gobernantes, es despreciar y minimizar la acción ciudadana a lo largo de estos mismos años.

Es hacer a un lado las batallas a favor de los órganos autónomos; la defensa de la libertad de expresión; la lucha por los derechos humanos y por la igualdad de género; por la democracia; por elecciones ciudadanas; por medios de comunicación públicos que reflejen, a diferencia de la función de los medios privados, el quehacer cotidiano en todos los órdenes del país.

Esto es evidentemente sólo una parte de lo mucho que ha construido la acción ciudadana, buscando nuevas formas de gobernabilidad y convivencia, a pesar, efectivamente, de muchos gobernantes.

López Obrador es producto y parte de esta gran acción ciudadana, en donde ha jugado, sin la menor duda, un papel fundamental. Es parte central de todo ello con personajes indiscutidos, como es el caso del absurdamente olvidado Cuauhtémoc Cárdenas, otra de las piezas clave en esta gran construcción.

Si alguien conoce el pasado somos los ciudadanos, sobre todo quienes viven en la pobreza y la desesperanza. López Obrador ha tenido desde siempre la gran virtud de tener por convicción en su radar temas que han servido para otros en campañas, por cierto no sólo electorales, y para la rentabilidad política.

El Presidente no debe ver al pasado sólo vía el neoliberalismo. Está haciendo a un lado la acción ciudadana, entre lo que están sus propias batallas. Sus discursos no han reparado en esta construcción. Está actuando como si el pasado del país sólo valiera en función de la historia que le es afín.

No hay duda del valor para la construcción de país de lo que llama transformaciones, pero no se debe soslayar el hecho de que los ciudadanos han tenido grandes movilizaciones a favor de la renovación de la democracia, y de una participación directa en la gobernabilidad.

Uno de los temas en que da la impresión que no se tiene suficiente información es el de los medios públicos. Se apela a modelos de otros países para aplicarlos en el nuestro como si fueran casi soluciones mágicas. No es tan sencillo. Intervienen muchas variables para el desarrollo de los medios, entre los que se encuentra el impuesto ciudadano.

Lo que llama la atención es que sólo se les vea a futuro y no se mire lo que han hecho a lo largo de muchos años contra viento, marea y sobre todo contra los propios gobernantes, quienes han sido los primeros en menospreciarlos.

Los medios públicos tienen un pasado que merece otro tipo de miradas. Es un pasado con muchos pasajes virtuosos. Han podido sobrevivir con todo y el vituperado neoliberalismo.

Hay un pasado de país que vale y que puede ayudar a gobernar.

López Obrador debe verlo y valorarlo. No todo lo que el país ha vivido en los últimos 30 años, reconociendo en lo que estamos metidos, debe hacerse a un lado o de plano tirarlo a la basura.

RESQUICIOS.

¿Realmente no hay nada que rescatar de la “mal llamada” Reforma Educativa? ¿Se va a empezar de cero y no va a “quedar ni una coma”?