Las primeras comparecencias buscaban tener algún tipo de contacto entre los partidos políticos y los funcionarios del Gobierno federal.

De alguna otra manera las cosas generalmente llegaban planchadas. Si algún legislador de oposición arremetía contra el o la titular de una dependencia, de inmediato aparecían los priistas para defenderlo echando por delante al Presidente.

Se recuerdan largas comparecencias con buenos debates, eran debates de alto nivel con todo y que se trataba de apabullar a la oposición.

Se intuía y medio se sabía lo que podía pasar ante minorías que se defendían como podían, lo que provocaba que a los secretarios no les quedara de otra que aguantar y hasta tener que atender las observaciones.

El ejercicio también se debe entender bajo el dominio brutal que tenía el PRI. En algún sentido se “trataba” de abrir espacios a la oposición y a la inevitable democracia.

En más de una ocasión nos tocó conducir las maratónicas transmisiones por televisión en medio de un toma y daca para quienes participaban.

Las comparecencias son como un informe de gobierno de las dependencias. Se supone que se busca que el Legislativo cuestione, critique y proponga a los funcionarios observaciones y elementos sobre la gestión y objetivos de las dependencias.

Si en estos ejercicios no existe una voluntad de diálogo y genuino intercambio de opiniones queda claro que sirven de poco o nada, para lo que dan es para el siempre apetecible escándalo. Se convierten en diálogos sin sentido y en muchos casos terminan siendo un nembutal.

Uno de los estereotipos más acabados sobre el Legislativo tiene que ver con las fotografías que los periódicos presentaban con imágenes de diputados y senadores durmiendo en sus curules a las dos o tres de la mañana en las interminables comparecencias.

Si no hay retroalimentación ni voluntad política para el intercambio democrático y libre de opiniones no se llega a ningún lado y todo termina en diatribas, mentadas de madre, sarcasmos, burlas y puestas en escena, los cuales no son nuevos más bien han acompañado desde siempre a las cámaras.

Recordemos en los 80 las interpelaciones que se le hicieron a Miguel de la Madrid con la televisión como elemento de censura. Recordemos también cómo un legislador se puso una máscara de cochino, cómo Vicente Fox se puso unas enormes orejas de burro y cómo se ha llegado a los golpes y ha sido tomada la tribuna.

Al Legislativo se le puede aplicar aquello de que quien no quiera ver fantasmas que no salga en la noche. Muchas sesiones son bravas y, a pesar de las críticas que existen en contra de las y los legisladores, muchas de ellas muy justificadas, las cámaras son la representación de la diversidad.

Las comparecencias son parte inevitable de todo ello. Los matices radican en que las mayorías quieren defender a toda costa al Ejecutivo y en general tienden a ser poco receptivas a la crítica. Se defiende a los secretarios de Estado más por un asunto de militancia que presentando razones y argumentos. Ha pasado marcadamente en los tiempos del PRI y PAN y ahora con Morena.

Mucho de todo esto se presentó en la comparecencia de López-Gatell. No se avanzó, porque nadie escuchó a nadie. Señaladamente el PAN hizo lo que otros han hecho en San Lázaro, en tanto el funcionario se quedó en su pedestal y en la cada vez más inquietante actitud de soberbia que lo ha venido distinguiendo.

Habrá que replantearse la dinámica de las comparecencias. Las mayorías deben preguntarse si quieren la gobernabilidad con las minorías o si siguen en el voy derecho y no me quito defendiendo a ultranza al Ejecutivo.

El lunes todos quedaron mal.

RESQUICIOS.

Plantear que son corruptos quienes defienden los fideicomisos es desconocer quiénes están detrás de las protestas. Pero, sobre todo, es un juicio ligero en función de la obra de miles de artistas, científicos, académicos, estudiantes, defensores de los derechos humanos y deportistas.