Reducir en el corto y largo plazos la violencia en el país no es un asunto de buenos deseos o de declaraciones de funcionarios, más si están estrenando nuevos cargos.

Se entiende la urgente mejoría; es imagen y, seguramente, convicciones y deseos genuinos de que las cosas cambien.

Sin embargo, un buen principio es reconocer que están rebasados, como lo estamos todos. No se trata de echar a andar de nuevo la dosis de pesimismo, la cual nos es tan común, más bien, lo importante para lo que se está haciendo, y es fundamental es tener claridad del estado de las cosas y ser realistas.

No va a servir de nada que nos ofrezcan “espejitos”, ya sea con la Guardia Nacional o con las políticas que han empezado a instrumentar. Estamos ante un problema que tiene muy pocas salidas. Todos en el país hemos visto, vivido y padecido la violencia en todas sus manifestaciones.

No hay quién se salve. Hace algunos años se decía que no había quien no hubiera vivido de manera directa o indirecta la violencia. Hoy se asegura que todos la hemos vivido de manera directa; hemos quitado la palabra indirecta de los análisis y las conversaciones; no hay quién se salve.

Todos la hemos vivido. Transitamos desde lo que en apariencia es un hecho menor, por ejemplo, un asalto, hasta actos que llegan a costar la vida de la gente. La violencia, va de nuevo, ha entrado en nuestras vidas y es muy probable que las nuevas generaciones ya la hayan asumido como parte de su entorno y se haya convertido en un fenómeno con el que van a tener que lidiar en su desarrollo a futuro.

Los niveles de afectación en los niños, por más que se hable de ello, no pareciera que se hayan evaluado en su justa dimensión. ¿Qué puede pasar por la cabeza y formación de un menor que ve cómo en la calle roban a sus padres o cómo entran a su casa para robar cualquier cosa, y que en ambos casos puede estar eventualmente en riesgo la vida de sus padres o de él mismo?

Otra parte de la ecuación tiene que ver con lo que nos afecta en lo personal. Se pierden los equilibrios, dejándonos a cada uno de nosotros temerosos ante todo lo que nos rodea.

Casi de un día a otro, todo nos da miedo o nos altera, producto de lo que hemos vivido o de lo que sucede en nuestro entorno. Se presentan una y otra vez más casos de familias que optan por dejar sus ciudades de origen o que cambian de domicilio, huyendo de la violencia en que nos han metido.

Es por esto, y por muchas cosas más, por lo que la discusión, y eventual aprobación, de la Guardia Nacional es de tanta importancia para cada uno de nosotros. Se está debatiendo sobre cómo enfrentar el mayor problema que tenemos, junto con la oprobiosa pobreza.

Lo que se decida va a ser, por lo menos durante los próximos seis años, la estrategia para enfrentar a la delincuencia por todas partes. Es la forma en que el gobierno, que se ha convertido en la gran esperanza de la sociedad mexicana —sus niveles de popularidad están llegando en algunas mediciones hasta un muy sorprendente 90%—, va a jugarse el todo por el todo para enfrentar a la violencia.

No puede decidirse con un mayoriteo la aprobación de la Guardia Nacional ni tratar de darle gusto al Presidente en el Senado, porque no le pareció lo que se aprobó en Diputados.

Muchos especialistas no están de acuerdo con el proyecto; con bases fundadas. Si bien necesitamos instrumentos que puedan atemperarla en lo inmediato, podríamos estar ante un proyecto que medio resuelva en el corto plazo, pero que nos termine ahorcando al paso del tiempo.

Los legisladores tienen que seguir escuchando a los especialistas; son los que saben y han estudiando con profundidad y bases el tema.

No pueden dejar de hacerlo y menos en las horas que vive el país.

RESQUICIOS.

Es una gran decisión del Presidente, la de abrir los archivos del Cisen. Es una manera de conocer una parte de un oprobioso pasado, en el que los aparatos del Estado eran usados impunemente para meterse en nuestras vidas.