La gran cantidad de frentes que tiene abiertos el nuevo gobierno tiene algo de inédito. Esto no le pasó a Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

El ahora expanista Calderón alcanzó la Presidencia en una elección abiertamente cuestionada y contra los deseos de Fox. Sin embargo, lo paradójico de esto fue que el también expanista fue pieza clave para que la elección se decidiera hacia Calderón, como lo insinuó en su dictamen sobre el proceso el TEPJF.

No hubo sobresaltos en el 2000, 2006 y 2012. Los cambios terminaron dejando la sensación de que había la estructura de poder político en el país, se mantuvo intacta.

Fox no fue muy diferente de Zedillo, Calderón de Fox y Peña Nieto de Calderón. Se presentaron algunas variantes y una que otra declaración estridente que captó la atención de los medios, pero en general, no creemos exagerar si planteamos que lo esencial se conservó.

Las transiciones fueron tersas porque la visión de país era similar. La mejor prueba es que el modelo económico sólo tuvo variantes, las cosas cambiaron poco o nada.

Lo que resultó diferente, fue que en materia de seguridad los problemas en los últimos años se agudizaron, terminando por ser brutales y dolorosos, sin pasar por alto que buena parte de todo esto, en cuanto estrategia fallida para enfrentar el problema, se echó andar en el sexenio de Calderón.

La otra variable que hizo diferente al pasado sexenio fue la corrupción. A esto sumemos la impunidad y la incapacidad para enfrentar situaciones límite; al paso del tiempo nos dimos cuenta de la gravedad y trascendencia de todo ello.

Existen elementos fundados para sospechar de actos de corrupción en las administraciones panistas. Sin embargo, lo de Peña Nieto fue escandaloso. Ahora todo indica que lo andan perdonando; ya veremos qué termina pasando con la anunciada consulta del 21 de marzo.

Todos trataron de quedar en paz con sus antecesores, quizá la razón estriba en que tenían y tienen muchas coincidencias. Nadie se puso a investigar el pasado y al final llevaron la fiesta en paz.

La diferencia con lo que está pasando ahora es que López Obrador tomó la decisión personal de no investigar el pasado, “hay que mirar hacia adelante porque hay mucho por hacer”, ha dicho en diversas ocasiones.

Sin embargo, el Presidente ha arremetido severamente, una y otra vez, contra el pasado, lo llama periodo neoliberal. No sólo le ha tocado a Peña Nieto, es cosa de recordar el discurso de la toma de posesión, no hay quien sea parte de ese pasado que la haya podido librar; las referencias han sido, además, flamígeras.

López Obrador no tiene interés en indagar el pasado, pero sus discursos han sido lapidarios hacia todo ello. Pudiera ser que todo lo que expresa el Presidente termine por ser del mismo calibre moral que un juicio ante los tribunales.

Evidentemente no es lo mismo, pero quienes construyeron el pasado hoy están contra la pared ante buena parte de la sociedad. Tienen una acusación moral y ética, las cuales a menudo son más trascendentes y severas que los mismos tribunales. Sin duda no es lo mismo, pero las huellas no se borran fácilmente.

Es probable que esta sea la verdadera apuesta de López Obrador. No llevar a nadie ante la justicia, pero día con día señalar y, de alguna manera, los enjuicia, lo que deriva en que sus furibundos seguidores hagan lo mismo.

El hecho de que el gobierno tenga muchos frentes abiertos —algunos se pueden evitar— es la manifestación de que López Obrador está tratando de cambiar las cosas de fondo.

El tiempo dirá. Pero es un hecho que con lo que dice y hace está triturando el pasado reciente y, sobre todo, a quienes lo construyeron.

RESQUICIOS.

Olga Sánchez Cordero sabe que hay batallas de corto y largo plazo. Sabe que López Obrador le escucha y, por ello, va midiendo tiempos y temas. Hoy está tras muerte asistida, legalización de la mariguana, matrimonio entre personas del mismo sexo y anda acercando a la agenda el aborto.