Normalmente cuando un presidente de Estados Unidos decide enviar un mensaje a la nación desde la Oficina Oval, es para calmar los ánimos sobre algún tema coyuntural de urgencia, para dar a conocer información relevante, o para explicar alguna decisión compleja. Pero el martes Donald Trump decidió utilizar ese recurso para hacer propaganda política tratando de convencer a la población sobre la construcción de su famoso muro fronterizo, a través de mentiras y manipulación de información.

A pesar de que se mantuvo en la lectura del guión y se vio más tranquilo que de costumbre, el magnate basó su discurso en una crisis inventada. Utilizó ejemplos de casos que sí son reales, pero que no son representativos (asesinatos perpetrados por inmigrantes indocumentados). Repitió la mentira de que el muro que propone es la única solución al problema, y que el nuevo tratado comercial firmado con México estaría pagando indirectamente por su capricho. También dijo que la única razón del cierre del gobierno es que los demócratas no quieren darle dinero para la seguridad fronteriza, cuando en realidad ya hay una propuesta bipartidista para reabrir el gobierno, que Trump no quiere firmar.

Todos los presidentes mienten, pero Trump lo hace de manera sistemática, descarada y ahora en cadena nacional. Seguramente su base de seguidores lo aplaudió, y el creciente número de detractores lo repudió. En conclusión: se gastaron varios minutos de valioso tiempo-aire de la mayoría de los medios, en absolutamente nada.

APUNTE SPIRITUALIS. Si realmente hubiera una crisis terrible en la frontera como asegura Trump, ¿por qué los gobernadores de Texas, Nuevo México, Arizona y California no han pedido la declaración de emergencia? ¿Por qué no aparecen a cuadro junto a Trump y con una leyenda detrás que diga “construyamos el muro”? Porque independientemente de sus diferencias, saben que las cosas no son tan simples, y que aunque sigue habiendo un problema de migración, el muro, como lo quiere Trump, no es la solución mágica.