Desde que se recuperó de COVID-19, Donald Trump hace dos o tres eventos masivos de campaña al día. Los asistentes: la mayoría sin cubrebocas ni distancia. Al principio hubo indignación, pero como todo en el mundo de Trump, los eventos se fueron “normalizando”. Trump repite tanto sus ofensas y sus irresponsabilidades, que se vuelven ordinarias, comunes, y se difumina la indignación. Nos hemos acostumbrado en los últimos días a ver escenas de cientos o miles de personas con sus gorras rojas y su apoyo cuasi-religioso al magnate con muy pocos cuidados. Son los llamados “eventos súper propagadores” del virus. Y eso simple y sencillamente está mal. Muy mal, según la gran mayoría de científicos y doctores expertos en el tema,

Estados Unidos está atravesando por un rebrote del coronavirus y el presidente está contribuyendo con sus eventos. Solo eso debería ser suficiente para descalificarlo como candidato, sin embargo logra el efecto normalizante y hace que muchos lo tomen como algo natural, como parte de su personalidad. En su desesperación por ganar terreno en las encuestas y lograr la reelección, Trump parece estar dispuesto a todo.

Pero, ¿saldrá de esta con total impunidad así como lo ha hecho en otros muchos asuntos en estos casi cuatro años? Aunque se normalicen las escenas de los eventos masivos, ¿se borrarán de la mente de muchos republicanos responsables? Eso está por verse en menos de dos semanas. Lo cierto es que sigue habiendo una gran base trumpista, y mucho entusiasmo todavía entre los mas fieles seguidores del presidente. La pregunta es si eso será suficiente y si lo que indican la mayoría de las encuestas, esta vez sí se materializará con votos reales en contra de Trump y a favor de Joe Biden.

APUNTE SPIRITUALIS. Ante el apoyo que el papa Francisco dio a las uniones civiles del mismo sexo, el pontífice sortea ataques de ambos bandos: los conservadores por el dogma, los liberales por lo insuficiente. Y claro que es insuficiente, pero es un gran paso.