Si bien las fiestas patrias atenuaron un poco la polarización, las cuales casi que por principio son factor de unión aunque sea solo por cinco minutos, es evidente que no hay manera de que nuestras diferencias se superen.

No se ve por dónde pudiera la polarización dar paso a la civilidad y respeto a las ideas y posiciones de los otros. Con todo y que el Presidente asegure que tiene el “71%” de aceptación, es claro que esto no disminuye la polarización y la confrontación que se ha metido en las entrañas de los ciudadanos, lo que eventualmente incluye a sus familias.

La polarización no se ha visto que sea un tema que le preocupe particularmente al Presidente. Más bien da la impresión de que la alienta y que se ha ido convirtiendo en uno de los ejes de su discurso. López Obrador tiende a menospreciar o de plano no hacer caso a las opiniones y ánimos de un sector de la población, al que, a querer o no, también gobierna.

En la medida que nos acercamos al proceso electoral, la vida entre nosotros podría entrar en procesos de riesgosa confrontación. El Presidente no sólo es desde hace tiempo el centro de las conversaciones y eje de la agenda del país, también se ha convertido en la obsesión de las controversias, lo que ha provocado escenarios de riesgo y confrontaciones que tendrán seguras consecuencias.

No se ve la salida a lo que se ha venido dando entre los seguidores del tabasqueño y sus detractores, más bien no hay día en que las posiciones no se confronten aún más teniendo como marco enojos, medias verdades, señalamientos y calificativos.

El problema no está en las diferencias, la cuestión está en que por las formas y actitudes que se han venido estableciendo podría llevarnos a un todos contra todos de consecuencias impredecibles. Las posiciones son a nivel de lo que podríamos definir como “sobresensibilidad”, no se puede decir nada porque aparecen diatribas en medio de posiciones políticas que en la gran mayoría de los casos terminan por ser maniqueas.

Hay momentos en que más vale no hacer comentarios, porque por más que se busque la sensatez, ésta acaba siendo juzgada sin que se puedan establecer discusiones propositivas, hemos entrado a los lamentables terrenos en que el nombre del juego es descalificar.

En este marco, un asunto que ha ido creciendo en riesgo es el hecho de que los simpatizantes de López Obrador, pasando por él mismo, pasan por la idea de que son los dueños de los espacios bajo el supuesto de un pasado que los hizo a un lado y que hoy resulta responsable de todos los males, actitudes que pasan por el propio Presidente.

Las redes siguen siendo el ring en donde a menudo el anonimato permite lanzar ajos y cebollas, pero quizá lo que empieza a ser cada vez más relevante es lo que ha venido pasando entre nosotros y en nuestras relaciones. En nuestras propias vidas va prevaleciendo la intransigencia bajo la cual poco o nada cuentan las argumentaciones.

La política pasa por las pasiones, el problema es cuando las pasiones dominan y avasallan a la política.

De suyo la sociedad mexicana tiene altos niveles de desigualdad, los cuales en pocos momentos como éste, se habían manifestado de manera tan evidente. En medio de esto, la forma de ver las cosas es acompañada de tintes de venganza como si quien piensa diferente fuera responsable de un pasado que sin duda merece ser investigado, en el marco del Estado de derecho que hemos acordado para la convivencia en el país.

Las elecciones aparecen como el único elemento que pudiera destrabarnos, pero quizás el resultado nos confronte aún más, porque quien gobierna se quiere apoderar del presente y el futuro y no está dispuesto por ningún motivo a democráticamente compartirlo.

RESQUICIOS.

Tuvo su dosis de tristeza y nostalgia El Grito. Todos entendemos el momento y el Gobierno hizo lo que pudo. Todos hubiéramos querido que las calles fueran nuestras, ya será y no olvidemos que lo son.