Durante el discurso del Estado de la Unión el martes en Washington, la escena más entrañable fue ver a las congresistas demócratas vestidas de blanco chocar sus manos, reír y aplaudir de pie, cuando el presidente Donald Trump dijo que este es el Congreso con el mayor número de mujeres en la historia de Estados Unidos. El resto de las personas en el recinto también aplaudían, e incluso el presidente sonrió. Fue una fotografía fugaz de unidad en la que se asomó el deseo de colaboración. Solo un momento.

Claro, Donald Trump quiso vestir sutilmente el mensaje de la victoria femenina como un logro de su admnistración, cuando el triunfo de las representantes se dio precisamente en contra del magnate. Pero ante el guiño de Trump, el sentimiento humano fue más fuerte que cualquier interés político o partidista, al menos en ese momento.

Quizá exista en el fondo la necesidad de hacer política sana, de llegar a acuerdos, de aprovechar los comunes denominadores, de llevar a cabo proyectos para el mejoramiento de la sociedad norteamericana y el mundo, como lo es, sin duda alguna, el empoderamiento de las mujeres. Eso fue lo que salió a relucir, por un momento.

Desgraciadamente esos momentos no son los preferidos de Donald Trump. Y también por desgracia, los demócrtas están recurriendo a posiciones radicales. Trump pidió que se rechazara la política del “revanchismo”, cuando ese ha sido su estilo siempre. Pero al ver a las mujeres vestidas de blanco, vemos las cosas desde otra perspectiva, más histórica y menos coyuntural, avances que se dan con esfuerzo y sacrificio de generaciones, más que de gobiernos. Lo vimos, al menos, por un momento.

APUNTE SPIRITUALIS. Por cierto, la tradicional respuesta al discurso del presidente por parte de la oposición, la dio Stacy Abrams, ex candidata a la gubernatura de Georgia, y la primera mujer afroamericana en hacerlo. No es una tarea fácil, y lo hizo muy bien. Lo cual le da esperanza a muchos en Estados Unidos y el mundo. Por un momento.