Va a estar complicado que el Gobierno mexicano se mantenga a distancia, o como “observador”, en el conflicto de Venezuela, como hasta ahora ha tratado de hacerlo. Sigue sin quedar claro si existe una estrategia, la cual parece fallida, o si están por verse los resultados de esa extraña estrategia.

La agudización del estado de las cosas y la cada vez más fuerte y representativa corriente de opinión y fuerzas en contra de Nicolás Maduro, encabezada por un buen número de gobiernos de todo el mundo, obligan a nuevas estrategias.

La reunión en Uruguay, para tratar de organizar una intermediación en Venezuela, estuvo cerca de pasar de largo. En nuestro propio país no llamó la atención debido a que estaba cantado lo que podía pasar. La oposición venezolana no está de acuerdo ni apoya esta intermediación y la reunión terminó más bien por ser simbólica, cargada de buenas intenciones, las cuales no resuelven el problema. La oposición tomó distancia de la reunión de Montevideo desde hace por lo menos tres semanas.

Pedir, como uno de los grandes acuerdos del encuentro, que se lleve a cabo un diálogo inmediato es no tener en el radar lo que pretende y busca la cada vez más fuerte oposición. Al mismo tiempo, es colocarse, en algún sentido, del lado de Nicolás Maduro.

El gobierno está materialmente encima de la oposición intimidándola y agrediéndola, la cual por fin se ve unida. No quiere a Maduro en la presidencia por ningún motivo.

Lo que quiere es que se lleve a cabo un proceso electoral libre y democrático. No quiere diálogo, lo que quiere son elecciones, pero sin Maduro. Saben que deben aprovechar el momento que están viviendo, todos los elementos que podían propiciar el cambio, por fin se están conjuntando, tanto en lo interno como externo.

Un factor clave en todo esto está siendo la participación del gobierno de EU. Si Trump lanzó sus amenazas y reconoció a Guaidó es porque no está dispuesto a perder su apuesta. Su decisión, suponemos, fue bien pensada, con todo y el tema que puede dar muy buenos dolores de cabeza, nos referimos al petróleo venezolano.

El Gobierno mexicano tiene que darle un giro a su estrategia inicial, lo que no quiere decir que se una a quienes quieren la salida inmediata de Maduro. La intermediación que se propone, con Uruguay y los países del Caricom, no va a funcionar en los términos en que se está planteando.

Lo que el gobierno de nuestro país llama el “peso de México” en la zona, no está dando resultados. En los últimos años los diferentes gobiernos nacionales se hicieron a un lado de Latinoamérica y el Caribe, se vio a la zona con distancia y hasta desdén; y esto todavía no se olvida.

La llegada de López Obrador no ha logrado permear, y más con su insistente discurso en que pone como eje que la mejor política exterior es la interior, a lo que se suma que “no se quiere pelear con nadie… amor y paz”.

En función de lo que viene, se van a tener que buscar otros caminos e inevitablemente se va a tener que asumir una política activa, no se puede seguir bajo la estrategia de ser sólo un espectador viendo lo que sucede.

En Venezuela se está cerca de perder el precario control, el cual está sirviendo para evitar mayores confrontaciones violentas entre los ciudadanos, sin pasar por alto lo que ha venido pasando y pasa.

Nuestro país debe rediseñar su estrategia, antes de que la fuerza, intimidación y eventual acción externa decidan el futuro de Venezuela.

Es ya nuestro tiempo; debemos pasar de ser sólo observadores a ser actores activos, y para ello hay que asumir que vamos a comer sapos.

RESQUICIOS.

Se le aparecieron, ayer, en Iguala al Presidente, los defensores de los Abarca. En la triste desaparición de los 43 normalistas hay confusión y pocas certezas. Una de éstas es el papel que jugaron los Abarca y su relación con la delincuencia organizada, por más que hayan tratado de presumir y exprimir la foto que se sacaron en campaña con ya saben quién.