Este año, más que otros, me la he pasado recorriendo los aeropuertos; sea por trabajo o por placer, he tenido la fortuna de viajar. A mi lado, mi compañera que no puede faltar: mi maleta.

Normalmente me gusta mucho preparar mi equipaje. Es una tarea para la cual me tomo mi tiempo y lo disfruto. Me gusta seleccionar mi ropa para las ocasiones que tendrá el viaje y, en caso de que me falte algo, poder hacer ajustes. Pues bien, este fin de semana volé a Valle de Bravo y cuando me disponía a hacer el velís me di cuenta que así como vamos llenando la maleta, lo mismo en la vida vamos cargando cosas.

Me detuve al instante para pensar que muchas veces echamos cosas de más a la maleta para terminar cargando sin necesidad y hasta pagando una sanción por el exceso de equipaje. Pues en la vida sucede los mismo. Es inútil andar cargando cosas que no nos sirven pero nos aferramos a estas con el afán de estar prevenidas “por si se necesita”, “por si, me lo piden”, “por si…”

Creo que en la vida vamos depositando en nuestra maleta cosas que realmente no necesitamos. Lo peor de todo es que vamos viajando en piloto automático, llegando a puertos donde nadie nos llamó, echando cosas que no sirven de nada, compartiendo con gente que no nos deja nada bueno y lo peor de todo, sin cuestionárnoslo.

Viajamos por la vida sin preguntarnos a dónde vamos, con quién vamos y qué traemos en nuestro morral que, de pronto, se volvió tan pesado.

Por eso, hay que abrir la maleta para revisar qué estamos cargando y decidir si realmente es necesario porque incluso, algunas veces, la aventura es precisamente viajar sin maleta.

Queremos estar preparados para todos, pero luego la vida nos da un revés, surge un giro inesperado en el viaje y resulta que lo que cargábamos no nos saca del apuro. Buscamos en una maleta llena de objetos sin valor y sin utilidad que simplemente sumaban peso. En esas situaciones, cuando la vida nos sorprende, lo mejor es permanecer ligeros, flexibles y dispuestos a redireccionar nuestra ruta según nos diga. Pero realmente ¿para que estamos preparados en la vida?

En mi viaje a Valle de Bravo llevé el vestido, los zapatos y el maquillaje para el evento principal. El resto lo resolví con unos jeans. Y ¿saben que pasó? Nada. Todo salió bien.

Hay que vaciar nuestras maletas, ser selectivos y llevar únicamente lo que de verdad aporta valor a nuestras vidas.

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