Es impresionante como un bebé de apenas unos meses de edad es capaz de moverse al ritmo de una canción pegajosa. Es tan pequeño, que no ha logrado articular las palabras más simples y sin embargo deja que su cuerpecito se mueva al compás de la música. Al hacerlo, se nota como se llena de energía, los ojos brillan y en su cara aparece una sonrisa.

La escena se repite entre bailarines amateurs, profesionales y hasta quienes bailan en bodas y XV años. Bailar es una terapia que nos llena el alma de alegría.

Sin duda el baile tiene incontables beneficios; me refiero a bondades que son obviamente físicas: mejor condición cardiovascular, más flexibilidad, músculos fuertes y tonificados. Es incuestionable. Pero estoy convencida de que también aporta ventajas psicológicas y emocionales. Soltar el cuerpo y dejar que se mueva con una canción que nos gusta nos hace felices. Escuchar una canción emotiva y marcar el ritmo con el pie nos lleva a vivir la canción. Y algunas veces, hasta llorar con una melodía triste nos proporciona alivio.

Hace unos días me tocó presenciar un festival de baile regional. A juzgar por la seguridad de sus pasos, percibí que algunos de los bailarines tenían larga experiencia sobre los escenarios, en tanto que otros, un poco más cautos, eran novatos. No obstante, novatos y expertos, además de estar unidos por la coreografía, tenían otro elemento en común: una enorme sonrisa dibujada en sus rostros.

En algunos casos sería de gozo en otros de nervios, pero los bailarines sonreían y, en el fondo, se veían felices. El movimiento, el ritmo, la música, la gracia o los titubeos a la hora de marcar el beat eran motivo para sonreír y, además, se veían naturales. El ser humano nació para bailar, para fluir con la música y el tiempo.

Podríamos aprender mucho sobre la danza, puesto que lo que sucede sobre la duela bien se puede trasladar al espacio laboral, familiar o de vida. Al bailar en grupo nos coordinamos al ritmo de una música, nos adaptamos tanto a lo que suena como al ritmo que impone el conjunto. Aprendemos que hay momentos para destacar con un paso solitario y otros para lograr algo más grande a través del grupo. No pasa nada si recibimos un pisotón, porque quizá en la siguiente estrofa seamos nosotros quienes pisemos a alguien.

Bailando, aprendemos a mantenernos en movimiento. Con una canción que nos encante o con una que aborrecemos, pero ya estamos sobre la pista y no hay más que seguir; porque igual sucede en la vida. Recordemos que nuestra naturaleza es bailar, fluir y sonreír, para eso estamos hechos, para saber movernos al ritmo que nos marque la vida.

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