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CIUDAD DE MÉXICO.- De las puertas del Tenampa no salen más las canciones de José Alfredo y Cuco Sánchez, el sitio que alguna vez ocupara Chavela Vargas ha cedido su espacio al silencio, afuera, la Plaza de Garibaldi tan solo es un rumor moribundo de guitarras, trompetas y tololoches ante un teatro vacío en el corazón dormido de la ciudad.

Los acordes de las canciones se pierden en el aire, en el lugar apenas un par de parejas acurrucados hacen eco a los versos y las guitarras, nadie baila, el tufo de alcohol danzando en el aire también se ha disipado ante la mirada de los mariachis que fuman por no poder cantar, que hablan a falta de versos, en medio de un virus que ha "infectado" la economía del mundo.

Canto desde hace 10 años aquí en Garibaldi, pero el mariachi es cosa de familia, a mí siempre me ha gustado, mis hermanos son mariachis, mis tíos, mis primos...¿Sabe? las fiestas siempre son alegres, unos tocan los violines, trompetas y armonías, a todos nos gusta cantar, disfrutamos de ese ambiente mexicano
Alfredo

A un lado un hombre pasa ofreciendo “toquecitos”, de entre las arrugas de sus manos extiende unos borles metálicos “ándele joven, anímese, unos toques para despertar”, debe de tener más de 60 años, un ser asiduo de las noches en el Tenampa ofreciendo lo mismo, causando gritos entre mexicanos y extranjeros que buscan, además alcohol, un poco de emoción.

Del fondo de la plaza se cuela una melodía, ásperas voces de un norteño al ritmo de un acordeón herido: “Allá en la mesa del rincón, les pido por favor, que traigan la botellaaaaaaaaaaa”, pero no hay mesa, ni rincón, tampoco hay bebidas, tan solo el recuerdo del tequila sobre el concreto.

Y dieron las 10 y las 11, las 12 y... la plaza vacía, sin luna, bordeados por una decena de policías y caballos, limpia de cantos, amores, copas, pasiones y serenatas, entre vendedores de sarapes