FOTO: Sopitas.com
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CIUDAD DE MÉXICO.- En septiembre, entre fiestas patrias y aniversarios dolorosos, es imposible no pensar en la mexicanidad. Y así como no hay reflexión sin punto de vista, yo prefiero explicitar el mío, no esconderlo ante un velo de falsa objetividad sino, por el contrario, hacerlo manifiesto y entender que mi visión sobre el sentimiento nacional siempre estará un paso adentro y uno afuera, como país de acogida —y elección—, mas no de nacimiento, con seis años de intensa vivencia, pero aún la fascinación de lo nuevo y sorpresivo. En definitiva, y como siempre he dicho, siendo “la argentina” en México y “la mexicana” en Argentina. Pero los extranjeros no somos los únicos que bordeamos la frontera; una larga lista de olvidados también camina en los márgenes, muchas veces con bastantes más riesgos y carencias. Todo esto surge del nuevo documental de Netflix, Los Tigres del Norte en la prisión de Folsom, los jefes de jefes de los corridos norteños cantándole a los presos hispanos encerrados en California a quienes les espera una vida en prisión o una deportación segura.

Al igual que Johnny Cash 50 años atrás, toda proporción guardada, Los Tigres del Norte consiguieron el permiso del Departamento de Rehabilitación de California para poder ingresar a la prisión de Folsom y grabar el nuevo documental que acompaña el lanzamiento del disco. En él, veremos intercalados los testimonios de los presos junto con los dos conciertos realizados en Folsom: los únicos conciertos del siglo XXI donde no hay ni un solo celular, en los que la música entra por los oídos y los ojos y no por las pantallas táctiles. “Nos hace estar conscientes de que somos humanos también”, asegura uno de los presos a cámara. Y es que después de diez, veinte o treinta años entre las rejas, es posible que hasta lo más esencial empiece a desdibujarse.

Así como muchos se sienten identificados con las canciones que hablan de desamor, de alegrías o reencuentros, estos hombres y mujeres se ven reflejados en las letras de personas que perdieron el rumbo, que le piden a Dios que les muestre el camino o que las circunstancias de la vida los llevan a lugares jamás imaginados. ¿Qué nos une con la música que escuchamos, con los coros que repetimos? Sin duda la respuesta es tan múltiple, como compleja; sin embargo, como en otras formas de arte, siempre hay una parte nuestra que necesita empatizar con aquello que lee, ve u oye; aliviando, aunque sea por un instante, la sensación aterradora de que nuestras penas son únicas e irrepetibles. A veces, un “alguien” ficticio o musical, funge como amigo o compañía, como sanación o paliativo.

Mientras la banda toca, los testimonios se suceden. Las historias de frontera, abandono y crimen van anclándose en la memoria. También las hay de errores e injusticias. Sin embargo, lo que prevalece es una melancolía de patria lejana, de libertad perdida, de la herencia mexicana que cumple condena en territorio estadounidense.

Porque también somos mexicanos los que hemos elegido vivir en este país, los que han nacido en México, pero viven fuera, los olvidados, los que viven en cárceles, los indocumentados, los rezagados, a los que el ser mexicanos les abre puertas y a los que se las cierra. Por todos ellos —nosotros—; ¡Viva México! ¡Y vivan los Tigres del Norte!